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Quien me conoce lo sabe. No soy monárquico. Sin embargo, nadie puede despreciar desde la perspectiva de la ciencia política, el enorme papel que ha tenido la monarquía en la legitimación de la democracia, tanto en la difícil transición, como a posteriori. En este post nos referimos a hechos contrastados y analizamos la coyuntura y proponemos un soporte táctico a la Monarquía..

Un plan exitoso de la transición, cuyo arquitecto político Torcuato Fernandez Miranda, definió con inteligencia y perfección, convirtió la figura del Rey Juan Carlos I (de quien fue tutor) e incluso de su familia, a pesar de las circunstancias humanas, en un referente aceptable por todos. Un país que en su ADN lleva la guerra civil interiorizada y es incapaz de trascender la división ideológica, en virtud de unas garantías institucionales, hubiera sido incapaz de sobrevivir una sola década sin nuestra Monarquía.


La monarquía a través de la centralidad de la figura del monarca, ha permitido construir un referente simbólico neutro y suprapolítico entre las dos facciones sociales existentes de derecha e izquierda. Ni una República, ni un Presidente representativo, como en Italia, hubiera conseguido llegar a tener esa fuerza simbólica y legitimadora. La inexistencia de una derecha liberal, en vez de conservadora y populista, al igual que la ausencia de una izquierda socialdemócrata moderna, hacen imposible un acuerdo social fuerte y amplio, una constitución material capaz de mantener una cohesión institucional y unas reglas políticas de juego limpio. No existe un proceso político racional en nuestro país. Todo lo contrario, la irracionalidad de las emociones, del sangriento pasado histórico, del odio sublimado, continúa cada día en la lucha mediática y judicial, para destruirse unos a otros. Comparado con otros países, en España no existe el mínimo respeto institucional y ni una voluntad sabia de dotar a las instituciones de la necesaria independencia. Se ejerce el máximo control posible, guiados por objetivos partidistas o incluso personales. Tenemos unas instituciones de plastilina, en vez de unos referentes constantes, eficientes, independientes y justos. Esto ocurre en la CNMV, en la CMT, en la Judicatura, etc. Las instituciones, como las desgraciadas Cajas, están bajo control o influencia política. Al menos en sus cúpulas. Lo dijo Alfonso Guerra: "Montesquieu ha muerto!". Pero es que no ha muerto, es que lo hemos torturado y asesinado!!

La imagen del Rey también ha permitido crear una referencia internacional, que no existía en el franquismo. La legitimidad construida por la Monarquía ha sido a nivel nacional y a nivel internacional, en una dialéctica que se ha retroalimentado positivamente, para defender nuestra débil Constitución.

Pero hoy el deterioro de la Monarquía es tan sólo la consecuencia, de que la constitución material de 1978 se ha roto definitivamente. Sigue existiendo un bonito papel, la llamada Constitución formal, pero el equilibrio de fuerzas que nos permitió convertirnos en democracia a través de la transición, se ha perdido para siempre. Nuestro equilibrio de Nash, ha saltado por los aires. Undargarin y Barcenas, son temas irrelevantes desde la perspectiva de la ciencia política y de la política económica, pero muy inflados por los medios. España no tiene un nivel de corrupción preocupante, lo que tiene es un grave problema con su enforcement. El problema es que aquí la corrupción no es delito, porqué nadie va a la cárcel, entonces es imposible combatirla. Muchos no han entendido que sin ética, no hay política. Sin embargo, lo relevante es que las tensiones nacionalistas y el conflicto entre los dos grandes partidos y sus apoyos empresariales y bancarios, son destructivas en este momento, porqué todos estos sectores piensan que pueden ganar: los nacionalistas la independencia, el PP la destrucción del Estado Social con la alineación de España con los países del norte de la UE y de EEUU y el PSOE el vuelco social de las protestas sociales hacia a su favor ante el descontento y la pobreza creada por la crisis. En la transición las fuerzas políticas, no pensaban en ganar, porque de hecho, lo habíamos perdido casi todo, sino que mutuamente pensaban en que nadie dejara ganar a nadie, para no perder todos, otra vez. La paz social de la transición, donde una democracia con una monarquía constitucional, parecía un acuerdo razonable para evitar otra dictadura u otra república corta que desembocara en otra guerra civil, se ha agotado por la ambición desmesurada y el oportunismo miope de nuestra mediocre casta política. Nuestro ejemplar Estado de las Autonomías en su nacimiento, ha sido incapaz, de encontrar unos limites consensuados y eficientes de desarrollo descentralizado y se ha convertido en una auténtica implosión del Estado por su normativa, su defcit y su ineficiencia.


En España el PP y el PSOE son el problema y no la solución. Se necesitan nuevos partidos parlamentarios que luchen por el espacio del centro, tanto organizaciones de izquierda como de derecha, pero con sentido institucional y que compartan un pacto de Estado en las cuestiones fundamentales y hasta un proyecto de país basado en el pragmatismo técnico para el beneficio social a largo plazo. Al tiempo, que deberían tener una nueva forma de hacer política, deberían reformar la Constitución, la ley electoral y realizar una reforma estructural del sector productivo y energético. Si no se consigue esto en breve y mi predicción es que es muy improbable, tiempos oscuros nos esperan. La historia de España se repite en cámara lenta.

El deterioro de la monarquía es hoy por hoy, el ocaso de España, el surgimiento de una la guerra civil fría, con conflictos permanentes e insolubles: si vis pacem para bellum.

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