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Me pregunto si los líderes lavan los platos o sólo se dedican a ser líderes. Me gusta la idea del líder en sí misma, como rol de quien saca adelante un proyecto seguido por sus colaboradores sabiendo el camino que hay que coger. Pero las teorías del liderazgo empresarial me resultan algo artificiales. Al final, el líder se convierte en un tipejo mesiánico insoportable, que lleva a la gente por el camino del suicidio colectivo

Para ser un líder de verdad, hay que ser una persona sabia,  una persona auténtica, no sólo efectiva y vende motos. Hay que bajar a las trincheras, arremangarse, lavar los platos. Algunos expertos como Covey propusieron el liderazgo basado en principios (ver el libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva). Sin duda, este es un acercamiento correcto. Sin embargo, el liderazgo que propone me parece demasiado asceta y puritano para mi gusto. Covey intenta poner el propio yo en función de un objetivo vital o empresarial: más que auto-disciplina, auto-exclavitud. Eso puede resultar efectivo, pero también demasiado apartado de otras relaciones y actividades que nos pueden enriquecer. Se olvida del placer y del buen humor. No es bueno ser maquinas. No existe nada más mezquino, que poner no sólo nuestra vida entera, sino la de los demás, en función de causas personales que no interesan a nadie. Mi enfoque es más hedonista. No sólo hay que hacer lo que se debe hacer, sino también hacer lo que nos gusta.


Nosotros abogamos por un liderazgo integral y cooperativo, donde la humildad y honestidad son claves, pero donde el estoicismo en las dificultades es una virtud necesaria y donde el placer en lo que se hace, debe tener un lugar destacado. El deseo es el motor de los sueños y de la pasión. Sin deseo, no hay placer en lo que hacemos y nuestra dedicación es mecánica y desapasionada. El deseo y el placer hacen que las cosas merezcan ser vividas. Nada nuevo se puede crear sin el empuje del deseo. No se puede innovar sin deseo. El deseo se mueve en una dialéctica entre satisfacción, frustración y represión. Por eso es importante saber que no siempre se consigue lo que uno quiere. Con lo que más importante que una gestión del éxito, es la gestión del "fracaso". El deseo es maravilloso y poderoso, pero lo es para lo bueno y para la malo. El "fracaso" es algo positivo que nos acompaña toda la vida y nos permite aprender, mientras el éxito "puro" ciega y al final también nos hace cometer errores. Hay grandes sabios fracasados que pueden ser mejores líderes y enseñar más cosas que las personas de éxito. "Fracaso" entre comillas porqué la se trata de las cicatrices inevitables del vivir.

Si consideramos el éxito por los rankings sociales y económicos, sería un porcentaje mínimo de la población la que lo consigue. El 99% estaría en el "fracaso", que es el estado natural de las personas. Sin embargo, con el "fracaso" se puede ser razonablemente feliz, porqué es realmente la dualidad éxito-fracaso la que es equívoca: no se puede distinguir tan claramente, no son términos excluyentes, es una falsa dualidad que sirve para segregar socialmente a las personas. Para mi el baremo del éxito tiene que ser primero de todo personal. En el "fracaso" hay más éxitos y más felicidad que en el éxito puro. El éxito de Steve Jobs fue dedicarse a lo que quería con pasión, tanto en los éxitos de Apple como en los geniales fracasos de Next, por eso fue un líder auténtico. Lo importante no es únicamente la conexión de lo que hacemos con el resultado, sino con lo que hacemos en si mismo. Parece una obviedad, pero no lo es. Estar apasionados con lo que hacemos es fuente de placer y es muy poderoso, tanto si se consigue el éxito empresarial como si no. Estar conectados con lo que hacemos es un éxito en sí mismo. Pero eso no debe aislarnos del mundo.




Muchos líderes, muchos directivos de éxito, tienen una ceguera incurable por culpa del éxito o falso éxito, por no decir de la suerte, resultando al final desechos corporativos que trinchan todo el talento que asoma por debajo de ellos. Mientras los resultados o las relaciones que tienen les acompañen, nada les va a desplazar en la desertización de la inteligencia (la de verdad, no la emocional). Esto es al final lo que constituye la cultura de empresa, o mejor sería decir, la incultura de la empresa. No pueden existir auténticos líderes sin empresas cuyo ecosistema lo permita. Y son bien pocas. Quizá sea uno de los aspectos menos considerados por la las organizaciones ya que la influencia en la cuenta de explotación es poco visible, aunque profunda.


Tampoco pueden existir auténticos líderes, sin estar conectados armoniosamente con los círculos familiares y sociales, con la sociedad que nos rodea, con los problemas del mundo, con la vida en su globalidad. Podrá haber directivos muy efectivos, pero no líderes. El líder incompleto no sólo está destinado al fracaso más absoluto (sin comillas), sino que arrastra a los demás al desastre con gran sufrimiento. Estos líderes tóxicos abundan más de lo que uno puede imaginar, y si no fuera por motivos de espacio, pondría una lista en este post (temblad malditos!). Para ser un buen líder hay que ser mejor persona, sino no vale la pena.


El liderazgo no solo tiene que estar basado en los principios, sino el deseo, en la búsqueda del placer, pero también en la conciencia de que los sueños no siempre se realizan y por tanto, es importante una buena gestión del "fracaso". Hay que estar conectados con lo que se hace, pero también con el mundo. Sin embargo, el placer no ahorra el esfuerzo, ni debe hacernos egoístas y egocéntricos, más de lo necesario:  ayuda a quienes quieres y a los que más lo necesitan. Va a ser duro y divertido también.


Si quieres ser un buen líder, empieza lavando los platos.

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