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Los que trabajamos en juegos estamos acostumbrados a interactuar con gráficos hasta el punto, que a veces los preferimos a los humanos. Muchas veces un episodio en una aventura gráfica como superar una misión, puede ser una experiencia más relevante que la realidad misma, como por ejemplo, soportar a la suegra (no la mía que es estupenda). Existe una interesante controversia al respecto. Toda persona que haya visto películas con humanos generados gráficamente en 3D con gran realismo como  The Polar Express,  Beowulf,  The Last Airbender, y otras muchas,  puede haber sentido una cierta repulsión llamada Uncanny Valley (valle inquietante, misterioso, asombroso, inexplicable), que es el rechazo de los humanos ante una réplica gráfica o mecánica como un robot, que actúa casi como una persona. 
Ishiguro (el feo), con su robot clónico (el enfadao) dijo "los humanos llegarán a enamorarse de los androides". Si son como este, lo dudo. Valle inquietante, sin duda.

Cuanto más se parece la imagen de un robot a las personas, la respuesta emocional de los humanos cada vez es más positiva y empática, hasta un punto de inflexión donde la respuesta se convierte repentinamente en repugnancia. Sin embargo, cuando la apariencia del robot mejora convirtiéndose menos distinguible de la de un ser humano, la respuesta emocional se vuelve positiva una vez más y se va aproximando a niveles de empatía como los que se dan entre humanos.

La montaña rusa del valle inexplicable

El término fue acuñado por el profesor experto en robótica Masahiro Mori como Bukimi no Tani Genshō (不気味の谷現象) en 1970. La hipótesis parte del concepto de Uncanny o Unheimliche (inquitante) en Alemán, de larga tradición intelectual desde Nietszche. Ernst Jentsch habla de la identidad "inquietante" en un ensayo de 1906 titulado On the Psychology of the Uncanny. Jentsch a su vez inspiró el ensayo de Sigmund Freud de 1919 titulado Das Unheimliche. Pero todos tienen en cuenta el relato corto de 1817 de Der Sandmann (El hombre de arena) de E.T.A. Hoffmann. En este cuento el protagonista Nathanaël, traumatizado por la muerte prematura de su padre, a pesar de estar comprometido, se enamora de una autómata, Olimpia, construida por Spalanzani que cree que es real. El descubrimiento del truco lo lleva a la locura, y finalmente a la muerte. 

Se podría considerar que un buen androide debería superar el Uncanny Valley como un ordenador inteligente el Test de Turing. Pero aquí hablamos de emociones, no de comportamiento inteligente. Aunque de hecho, un buen androide, debería superar también el Test de Turing o la imaginaria Prueba Voight-Kampff como aparece en la novela de K. Dick, Do Androids Dream of Electric Sheep (Sueñan los androides con ovejas eléctricas, 1968). Uncanny indica en la tradición del psicoanálisis, disononancia cognitiva de algo que es familiar pero al tiempo incómodo, algo atraído y repelido al mismo tiempo. Básicamente, lo uncanny es lo que inconscientemente nos recuerda nuestra propia y más profunda identidad, con todas sus pulsiones salvajes, que reprimimos a cambio de vivir en sociedad, porque son inaceptables y nos crean grandes sentimientos de culpabilidad. Es el miedo a ser sancionado por desviarse de las costumbres sociales aceptadas. Nuestra auténtica personalidad, nuestra esencia humana, es monstruosa para nosotros mismos (el mito de Frankenstein) y cuando la vemos simbólicamente en el exterior, como puede ser en un personaje o en un robot, nos angustia: pudiendo pensar "si este robot es realmente humano, me puede matar". Si un robot realmente es humano, no un artificio programado, puede aprender y sentir,  y por tanto, desobedecer la primera ley de la robótica de Isaac Asimov: "un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño". Este es el misterio de lo uncanny



Si alguien ha trabajado más en la dirección de crear robots humanoides lo más parecidos a nosotros (comos se ha visto en la foto inicial), este ha sido el profesor Ishiguro. Para conseguir esto, no sólo es importante conseguir una mecánica que imite el movimiento humano, también es importante detectar las emociones humanas. A este objetivo se dedica otra rama de de la informática llamada affective computing, que ha desarrollado algoritmos para el reconocimiento facial, identificación de movimientos, detección de fisiología, modulación de la voz, etc. 

Así que todos sueñan con androides eléctricos, hasta las ovejas. Si no que le pregunten a Andy Ruben, de Google, responsable de ingeniería de Android OS, que ha pasado a encabezar un proyecto de esta empresa para hacer androides. Del dicho al hecho. Compraron varias empresas entre ellas Meka Robotics  y ya los están fabricando (Ver noticia). Google está patentando el futuro de la humanidad, con lo que está claro que se prevé que sean de utilidad. Sin embargo yo no creo que los autómatas humanoides desarrollen un papel importante en la próxima humanidad. Más bien creo que el interfaz mediante lenguaje natural de la computación cognitiva a la que ya nos hemos referido recientemente (Elemental mi querido IBM Watson), será ubicuo y mediante acceso a big data y algoritmos predictivos, este tipo de inteligencia artificial humanoide será predominante tanto para resolver situaciones empresariales como personales. En cambio, pienso que los robots humanoides sí tienen un gran futuro para el entretenimiento, para paliar la creciente soledad de los humanos en el próximo futuro, derivada de la fractura de lo común y la comunidad. Cualquier proceso o servicio puede sustituirse por ordenadores o dispositivos mecánicos sin forma humana de manera más eficiente. El único motivo para conservar una apariencia humana, es que los humanos lo necesiten y el único motivo es la compañía. Quizás tengamos la misma tristeza cuando dejen de funcionar, al igual que al ver el replicante Roy Batty en Blade Runner (1982):
"I've seen things you people wouldn't believe: Attack ships on fire off the shoulder of Orión. I've watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those ... moments will be lost in time, like tears...in rain. Time to die." 



Ver Blade Runner, escena final

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