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Como es bien sabido, el Quijote es una obra que ironiza con las novelas de caballerías, aunque mantiene una estructura similar, pero al final más que en una sátira se convierte en un profundo reflejo de las pasiones humanas. Como un Shakespeare castizo. 



Precisamente por esa universalidad, El Quijote ha sido analizado, copiado, y continuado sin tregua. Poco después de su publicación varios autores escribieron secuelas. La más conocida fue el Segundo Tomo de Alonso Fernández de Avellaneda, pero las primeras fueron tres obras francesas: las dos partes de la Historia del admirable don Quijote de la Mancha, escritas por Francois Filleau de Saint-Martin y Robert Challe y la anónima Continuación nueva y verdadera de la historia y las aventuras del incomparable don Quijote de la Mancha. Del siglo XVIII datan dos de las continuaciones españolas de la obra, que pretenden relatar lo sucedido después de la muerte de Don Quijote, como las Adiciones a la historia del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Jacinto María Delgado, y la Historia del más famoso escudero Sancho Panza, en dos partes (1793 y 1798), de Pedro Gatell y Carnicer. En 1886 se publicó en La Habana la obra del gallego Luis Otero y Pimentel, Semblanzas caballerescas o las nuevas aventuras de Don Quijote de la Mancha, cuya acción transcurre en Cuba a fines del siglo XIX. Como se ve las secuelas y precuelas existían antes de Hollywood


Cervantes, el primero y más famoso, pero no el único autor del Quijote


En el XX aparecieron varias continuaciones más, entre ellas una muy divertida, La nueva salida del valeroso caballero D. Quijote de la Mancha: tercera parte de la obra de Cervantes, de Alonso Ledesma Hernández (Barcelona, 1905) y El pastor Quijótiz de José Camón Aznar (Madrid, 1969). Al morir don Quijote (2004), la más reciente novela que continúa la historia, es obra del español Andrés Trapiello. Hay también continuaciones hispanoamericanas, entre ellas Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, de Juan Montalvo y Don Quijote en América o sea la cuarta salida del ingenioso Hidalgo de La Mancha, de don Tulio Febres Cordero, libro editado en 1905 (edición conmemorativa 2005, ULA).



La biografía autorizada

Pero entre todas las interpretaciones y reescrituras destaca, sin lugar a dudas, la del célebre escritor francés Pierre Menard, siguiendo como hemos visto, la gran tradición francesa de secuelas, que en 1934 aportó unos fragmentos inéditos, que en realidad partían de una nueva escritura del Quijote hecha por él, en el que el propio Cervantes se convertía en un personaje de sí mismo, que escribía su propia obra magna. Menard escribió los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Quijote, y un fragmento del capítulo veintidós. La crítica ha situado literariamente el Quijote de Menard muy por encima del de Cervantes y de todas las secuelas conocidas, pero por desgracia todos los fragmentos se han perdido. Las únicas referencias se refieren a las citas, que reprodujo la crítica inmediatamente posterior. Algunos filólogos franceses pretenden haber encontrado algún fragmento en la prisión de La Santé en París, ya que los manuscritos fueron robados antes de su publicación. El convicto ladrón, el famoso investigador Michel Foucault, condenado por varios delitos a cumplir condena en dicha prisión, pudo ocultar los fragmentos en su celda hasta que tras su muerte por SIDA, pasaron a la biblioteca del centro. La autenticidad no ha sido confirmada.

Es posible deducir a través de la crítica especializada argentina, que es la que más se ocupó del tema, una gran influencia en la escritura de su Quijote de la obra filosófica más relevante de Menard, como es la indispensable monografía sobre la obra Charecteristica Universalis de Leinbniz. Como es bien sabido, Leibniz, que fué filósofo y matemático, además de ser el inventor del cálculo infintesimal, propuso un lenguaje pictográfico, único y común, para toda la ciencia, llamado characteristica universalis, que anticipa en dos siglos a la llamada lógica formal, desarrollada por George Boole en el siglo XIX. 





Leibniz y el diagrama de su propuesta de lenguaje universal

De este modo Menard llena las aventuras de Don Quijote con acertijos lógicos, como hiciera el matemático Lewis Carroll con Alicia en el país de las maravillas. Uno de los ejemplos que se han conservado es el siguiente:
“Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna». Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa.”
Aquí podemos ver un hábil reversión de la paradoja del mentiroso. El ejemplo más simple es la sentencia "esta oración es falsa". Según el principio del tercero excluido, la oración debe ser verdadera o falsa. Si suponemos que es verdadera, entonces todo lo que la oración afirma es el caso. Pero la oración afirma que ella misma es falsa y eso contradice nuestra suposición original de que es verdadera. Supongamos, pues, que la oración es falsa. Luego, lo que afirma debe ser falso. Pero esto significa que es falso que ella misma sea falsa, lo cual vuelve a contradecir nuestra suposición anterior. De este modo, no es posible asignar un valor de verdad a la oración sin contradecirse. Esta paradoja se planteó por primera vez en la antigua Grecia, tanto Ebúlides de Mileto en el siglo IV AC como posteriormente Epiménides. La soluciónes a la paradoja ya empezaron con Aristóteles, pero no fue hasta Alfred Tarski quien estableció en 1944 (La concepción semántica de la verdad y los fundamentos de la semántica) un metalenguaje que distinga entre uso y mención de una sentencia. En "esta oración es falsa", el "esta" se refiere a sí misma, es una autoreferencia, donde se mezcla lenguaje objeto con metalenguaje, por tanto, no se puede determinar ni la verdad, ni la falsedad, ya que no tiene un contexto de referencia en el lenguaje objeto. Ningún lenguaje puede contener su propio predicado de verdad y permanecer consistente. Para hablar acerca de la verdad en un lenguaje, y no generar contradicciones, es necesario hacerlo desde un lenguaje distinto, con mayor poder expresivo: el metalenguaje.


Alfred Tarski,  demostró que una bola puede dividirse en un número finito de piezas y recomponerse en dos bolas. Con un par... 

Volviendo a al gran y desconocido Menard. Este indicativo pasaje de su Quijote, nos da la referencia de la complejidad del Don Quijote lógico, que advierte en su concepto puro la mentira de una verdad falsa.


Y si no te ríes es porqué no quieres...




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