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No fueron los aviones. Fue la Bella quien mató a la Bestia”. No fueron los aviones de la película, sino los malditos aviones del vuelo 11 American y del 175 United, los que derribaron las Torres Gemelas, las bestias imponentes, que se elevaban majestuosamente sobre Manhattan. La Bestia cayó. La culpa fue de la belleza arquitectónica de su construcción asombrosa. Una belleza que llegó a ser simbólica, que siempre inspiró respeto y admiración. La que tan bien simbolizó la película de King Kong de 1976. Tanto, que algunos así lo entendieron y por eso las destruyeron. Se vinieron abajo como Kong, enterrando para siempre el corazón de Dwan.


El corazón de Dwan, quedó enterrado para siempre junto a 2.992 muertos y 24 desaparecidos, además de los 19 terroristas. Algunos recordamos el 11 de septiembre de 2001 como una fecha especialmente significativa. Fue un acontecimiento aterrador por su mortalidad y espectacularidad. Ni en nuestras peores pesadillas habríamos podido imaginar algo así. Y desde entonces, pocas cosas nos han enganchado al televisor con tanta intensidad. Fue el último acontecimiento del viejo mundo y el inicio del nuevo siglo. Las Torres Gemelas, obra del arquitecto Minoru Yamasaki, tardaron unos cinco años en construirse y menos de dos horas en desplomarse. Doce segundos tardaba Kong en caer de las Torres Gemelas, aproximadamente el tiempo que tardaban en desplomarse cada una de ellas.

Observatorio Top of the World en la Torre Sur

King Kong y New York, símbolos del poder occidental

Mientras la obra maestra de Jackson es una historia de amor, en cambio, la primera película de King Kong, la de 1933,  idea de Edgar Wallace y Merian C. Cooper, es una historia de misterio y de miedo, mucho más que un simple romance. Querían irse a los montes de Virunga para rodar un documental sobre los gorilas que los pueblan, pero nadie en Hollywood quiso financiar una idea tan poco comercial, después del Crack del ’29. Así, que inventaron una recreación de La Bella y la Bestia, el cuanto de hadas de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve publicado en 1740, aunque la versión escrita más conocida fue una revisión muy abreviada de la obra original, publicada en 1756 por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. También se basaron en los libros de la época The Lost World (1912) de Arthur Conan Doyle y The Land That Time Forgot (1918) de Edgar Rice Burroughs, que describían el mundo prehistórico de los dinosaurios, influidos por los descubrimientos arqueológicos del tiempo. En el cuento, la Bestia y el Príncipe son la misma persona. En la película están separados, pero tienen la misma carga simbólica. Jack Driscoll (el personaje protagonista) es el alter ego de Kong, representa al Príncipe en momentos diferentes. Kong en la película de Wallace representa el Crack del ’29, el miedo a lo desconocido, a la Bestia, a la Caída. Después del primer King Kong (1933) y de su segunda parte, The Son of Kong (1933), vino una saga japonesa: King Kong vs. Godzilla (1962) y King Kong Escapes (1967). Un segundo hito cinematográfico fue la versión producida por De Laurentis y dirigida por John GuillerminKing Kong (1976). que tuvo su segunda parte en King Kong Lives (1986) y finalmente, encontramos la última versión de Peter JacksonKing Kong (2005). Mientras la versión de 2005 sigue el guión de 1933, incluso rescatando y recreando escenas cortadas por la censura, la versión de 1976 es poco fiel al guión original o a la versión novelada de Delos L. Lovelace, posterior al primer film. Por ello representa, un esfuerzo por actualizar Kong al mundo presente. No es un remake, es un auténtico aggiornamento. Por eso, para mi generación es algo mítico. En mi opinión, es una película que ha trabajado tanto el fondo como la forma. Ojalá, Jackson se hubiera atrevido a hacer un Kong post 9/11. ¿Quien es hoy Kong? Alguien que se cae de la Torres Petronas o del Burj Al Arab Hotel en Dubai... ¿Quien es hoy la Bestia? ¿Qué significa actualmente la Caída?
Jessica Lange
En 1976 el productor Dino de Laurentis, con un proyecto ambicioso en su cabeza y con un presupuesto astronómico (se gasto 24 millones de dólares de  la época, pero facturó 80, todo un éxito), encargó un nuevo guión a Lorenzo Semple Jr., en lo que fue una actualización espectacular de este clásico. Kong representa lo salvaje, lo libre, lo natural, el amor, la líbido y en su conjunto, es una historia sobre el poder, sobre la caída del poder. Jessica Lange es Dwan (ya no Ann Darrow, sino las letras de Dawn, “duna”, en orden más fonético y más indicativo de las voluptuosidades de la actriz), viaja en metro y Jeff Bridges (Jack Prescott), en bicicleta. La expedición es de una petrolera (en plena crisis del petróleo), que representa el poder y la ambición sin escrúpulos. Dwan antes de ser ofrecida a Kong por los nativos de la isla Skull, le hacen beber un brebaje, cuyos efectos parecen LSD. Es una joven de su tiempo. Es  una película actualizada al contexto de los ’70. Las Torres Gemelas son el nuevo símbolo de New York, inauguradas en 1973. Cristal y acero. Más de treinta mil personas accedieron como extras a la plaza del WTC (World Trade Center) donde se hallaban las Torres Gemelas, para rodar la película. Estas recuerdan a Kong su hábitat natural, por eso sube a una torre y desde la azotea, salta a la otra. Quien ha subido, se le encoge el corazón, al verlo. New York es la metrópolis por excelencia: la capital del capital. Manhattan fue comprada por colonos holandeses a los nativos, por un puñado de dólares, por 24 miserables dólares, en mayo de 1624. Primero, la llamaron Niew Amsterdam, luego los ingleses le cambiaron el nombre por el de New York, en honor al Duque de York. Allí vive Kong, vive ese poder y ese amor de Dwan con el miedo de su caída. Y así ha sido hasta que en 2001 se vino todo abajo.



La deconstrucción del acontecimiento

En el siglo XX los acontecimientos no pararon de suceder y los medios de comunicación de masas como la radio y especialmente la televisión, los llevaron a todos los hogares. La humanidad aprendía cada año la debilidad de la vida sobre la tierra. Especialmente con la bomba atómica. Un punto de no retorno. El primer paso en la Luna, el horror de Vietnam, el asesinato de JFK, la caída del muro de Berlin, la guerra de Yugoslavia, etc.

Un acontecimiento es un hecho relevante en el curso del tiempo social, pero el acontecimiento sólo es entregado a la sociedad a través del lenguaje. Es una construcción mediática, es un discurso que responde a unas prácticas de poder con objetivos de sumisión concretos. Eliseo Verón en su libro Construir el acontecimiento, desarrolló la tesis de que la realidad social es un producto: “ese objeto que llamamos actualidad -tal como nos la presenta, por ejemplo, un noticiero de un canal de televisión en un día cualquiera- tiene el mismo estatus que un automóvil: es un producto, un objeto fabricado que sale de esa fabrica que es un medio informativo. Los medios no 'copian' nada, producen realidad social” (ppIV-V). Sin embargo, esto no tiene que ver nada con la invención y menos con la falsedad: "La actualidad no es un simulacro, porque el discurso que la construye no representa nada: no hay, en ningún lado, ninguna 'original'" (pV). La construcción del acontecimiento es una construcción discursiva, dirigida a imponer una narración especial a unas determinadas audiencias. El discurso nunca se mueve en lo verdadero o falso (aunque pueda tener ambos elementos incluidos), sino en el de la verosimilutid y en el de la adecuación de la narración a los prejuicios de su audiencia (competencia comunicativa): "no es porque hemos constatado que un discurso es verdadero que creemos en él, es porqué creemos en él que lo consideramos verdadero" (ppV-VI). No hay hechos sociales anteriores a la construcción mediática de un acontecimiento. Los medios de comunicación construían tradicionalmente los acontecimientos significativos con el discurso de la excepcionalidad y de la emergencia. La dimensión del miedo o de la sorpresa, llevaban la sociedad a una dualidad. Por una parte a la parálisis y a la aceptación del orden del discurso y por otra al inconformismo y al activismo. Pero las cosas han cambiado desde el 11/9. Vivimos en la época de la degradación del acontecimiento.
Black Jackets en el WTC
La construcción actual del acontecimiento es un discurso que lleva a la indiferencia. Algunos episodios terriblemente dramáticos como el secuestro de más de 200 niñas en Nigeria, nos detiene pocos segundos antes de constatar, que el mundo esta muy mal. Y poco más. Otros prefieren no ver las noticias y seguir en su mundo de algodón. El discurso de la banalidad se ha instalado y los acontecimientos sociales sufren una inflación enorme, ya que son décadas de espectaculares noticias e imágenes almacenadas en el cerebro, que provocan una total saturación. Tenemos una incapacidad social para sorprendernos y solidarizarnos ante la desgracia humana. La crueldad, la hambruna, la penuria, la pobreza, la guerra, son episodios normales, business as usual. Sólo la proximidad personal a los acontecimientos puede cambiar completamente nuestra perspectiva. Estamos anclados en la anestesia. El acontecimiento se ha degradado en el siglo XXI. De lo mítico a lo mundano, de la trascendencia a la inmanencia. Como consecuencia el activismo también se ha degradado, reduciéndose y virtualizándose. Quizás por eso, no vemos donde estamos sentados y menos la que se nos avecina. ¿Quien se acuerda ya de la caída de King Kong?



CARTELERIA KING KONG





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