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Mi abuelo fue un hombre sin estudios y sin recursos, que se escapó de casa a los 16 años. Su biografía es realmente singular. Fue un auténtico aventurero, que viajó por buena parte del mundo y que conoció a gente famosa de su tiempo como Pancho Villa, García Lorca, Antonio Machado, Pablo Neruda, Margarita Xirgu o Willy Brandt. Después de muchas vicisitudes, se casó con mi abuela en Uruguay, antes de volver a Barcelona. Un 19 de diciembre 1919 embarcó en el buque mercante llamado Breinfond de bandera noruega, desde el puerto de Bergen hacia Nueva York. Esta es una pequeña historia de su apasionante vida, uno de sus intrépidos viajes en busca de sí mismo.
Un buque noruego similar al Breinfond
Mi abuelo Luis con sólo 23 años, se enroló con el empleo de bombero de buque, aunque no sabía nadar, mientras su amigo Martín Lezaola lo hizo como cocinero. Luís ya había atravesado el Atlántico y hecho varios viajes en barco. Tenía gran experiencia como personal de abordo y había vivido grandes tormentas e incluso un naufragio durante la Primera Guerra Mundial, cuando un submarino alemán U-boot hundió el navío donde se encontraba. Un espía que iba a bordo, había provocado un incendio para señalar el objetivo militar. Mi abuelo y otros tripulantes saltaron por la borda al mar con salvavidas, mientras el barco ardía en llamas antes de la explosión por el torpedo. Pasaron una larga noche a oscuras, con escasos momentos de tenue luz roja, provocada por las bengalas de auxilio, escuchando gemidos y lamentos de otros menos afortunados, que alrededor suyo murieron ahogados o por los mordiscos de tiburones, hasta que de madrugada un carguero, haciendo honor a la ley del mar, los recogió. Luis juró que nunca más se subiría en un barco, sin embargo él deseaba conocer y vivir en esa ciudad tan idealizada de New York, con lo cual, no tuvo más remedio que volverse a enrolar en uno otra vez. Y lo hizo con su amigo Martín, que tan sólo deseaba establecerse en las Azores.
La travesía
Partieron con dirección a los EEUU, con escalas en el puerto de Lerwick en las islas británicas de Shetland, en el puerto de Stornoway en las islas Hébridas Exteriores y en el puerto irlandés de Galway. Antes de atacar al océano abierto se dirigieron hacia las Azores, a la isla de Säo Miguel, en la ciudad de Ponta Delgada
Lerwick
Stornoway
Galway
Sao Miguel
Ahí recalaron tres días, que intentaron pasar lo mejor posible. Martín quiso visitar a su amigo Gorka Goicoetxea. Han transcurrido más de dos años desde la última visita y de la promesa de trabajar con él. Martín quiere quedarse en la isla, pero le ata el contrato del mercante hasta su vuelta a Noruega. En seguida, Gorka va al hospital a ver a su amigo Koldo Iparaguirre e idean una estratagema para poner enfermo a Martín y dejarlo en tierra para cuando zarpe el barco. Así Koldo le inyectó un sustancia que provocó su ingreso y le extendió un certificado médico como si le hubiese ocurrido un infarto de miocardio, tras el que se aconsejaba su reposo, de lo contrario podía peligrar su vida. Luis tomó buena nota de todo.
Una de sus maletas de trotamundos
Después de un viaje total de 12.000 Km, el 16 de enero de 1920 llega al South Street Seaport. La pretensión de Luis era encontrar la manera de quedarse en New York, ya que el contrato se terminaba a su vuelta a Noruega. Lo primero que hizo fue pedir permiso al capitán para poder cumplir su sueño, pero no tuvo ninguna opción. Estaba muy claro que debía retornar a Noruega y una vez extinguido el contrato, podría pagarse el pasaje e ir donde quisiera. Sin embargo, Luis debió pensar, que nunca tendría una oportunidad igual y había que aprovecharla. Estando en el puerto, después de una jornada agotadora de descarga de mercancías, cuando todo el mundo estaba amodorrado haciendo la siesta y descansando en sus camarotes, a excepción, naturalmente, de el guardia de pasarela, que era el que controlaba la salida y el acceso al buque.
Time Square en 1920
Luis ya había tomado la determinación de ir a New York, rompiendo con cualquier cosa que le atara a ese barco. Sobre las tres de la tarde, cuando la oficialidad y marinería descansaban, cogió su petate y bajo la pasarela dando grandes saltos y un gran empujón al centinela, tan fuerte, que cayó de bruces, arrancó a correr con todas sus fuerzas hasta alcanzar el primer taxi que encontró. Una vez dentro, puesto que no sabia ninguna palabra de inglés excepto - go, go go, go -que repetía sin cesar, además de hacer grandes ademanes, hasta que el taxi arrancó a gran velocidad, mientras Luis observaba por el cristal trasero como le perseguía el guarda, corriendo y chillando al tiempo, con el mercante a sus espaldas.
Un taxi de la época en New York
Luis hizo parar el taxi cuando pensó que no corría peligro. Se bajó en Battery Place, muy cerca. Las calles de Manhattan, en este mes de enero, estaban con algo más que medio metro de nieve, el frío era espantoso, ni en Noruega había pasado tanto frío. El aire era cortante, estaba constantemente nevando. A pesar, de ello, estaba sobrecogido al ver los rascacielos de la gran ciudad. No conocía a nadie, pero se sentía uno más. Cruzaban la plaza Battery, tres personas a las que se acercó Luis. Casualmente, eran dos cubanos y un puertorriqueño, y les preguntó si hablaban español.
-          Sí claro chico. En que podemos colaborarle?

-          ¿Conocéis un hotel, que pueda ir, que se hable español?

-          Chico, estas de suerte. Nosotros vamos allá. Acompáñenos.

-          ¡Fantástico!
Vista hacia Battery Place
El dueño del hotel, ubicado en el número 75 de South Street es un catalán de Lérida, llamado Josep Borrell,  Más que un hotel es un cafetín-restaurante, que tiene hospedaje y está situado a dos manzanas de Wall Street, ahora estaría debajo de la autopista elevada que pasa por el East River, donde hoy está el South Street Seaport Museum. Luís explicó a Josep, su situación y su deseo inquebrantable de quedarse en New York a vivir durante una buena temporada.
-          No te preocupes yo tengo la nacionalidad americana y esta tarde misma vamos a ir al Departamento de Inmigración –dijo Josep.
Una vez allí, fueron a ver directamente al inspector de inmigración. Josep, estuvo hablando con varias personas hasta que dijo:
-          Vamos a pasar a este despacho y no digas nada de nada, salvo estas palabras que te doy apuntadas en este papel –Josep había apuntado fonéticamente lo que debía pronunciar Luis.

-          To swear allegiance to the flag and I swear to the God –dijo Luis, con la mano en el pecho.

Luis siempre decía –No se lo que juré, pero a los diez minutos tenía la carta blanca en mi bolsillo. Documento que le permitía residir en los EEUU, cuyo encabezamiento rezaba (es una copia literal, yo conservo este documento):

16th January 1920, #118385 UNITED STATES OF AMERICA ALIEN SEAMAN’S IDENTIFICATION CARD ISSUED UNDER RULE 10 OF THE INMIGRATION RULES AND THE REGULATIONS PRESCRIBED BY THE PRESIDENT IN PURSUANCE OF THE ACT OF MAY 22 1918

Una vez con la carta blanca se dirigieron al Consulado de Noruega. Nada más entrar se encontró con el capitán del barco, que le dijo chillando (hablaban en francés):
-          ¿Usted? Vuelva inmediatamente al barco, antes de que se agrave la situación

-          Lo siento. Pero no voy a volver. Yo tengo mi carta blanca o permiso de residencia. A lo que vengo es a reclamar mi paga oficialmente.

-          ¿Como? ¿Pero como lo has conseguido, sin saber inglés, ni conocer a nadie?

-          Pues la necesidad hace maravillas, ¡Señor!
Luis no cabía en sí mismo de satisfacción, su sonrisa lo decía todo. Como tantos emigrantes, como tantas familias americanas cuya primera generación emigró. Lo había conseguido. El corazón de New York era suyo. Ese año pasó allí las Navidades antes de seguir con sus viajes por Latinoamérica. Así me lo contaba cuando de pequeño iba a su casa por fiestas: ¡Feliz Navidad, abuelo!



NOTA
Buena parte de esta reconstrucción-investigación y parte de la redacción se la debo a mi padre, a los documentos y fotos que tengo y a las grabaciones de mi abuelo que hice con mi primer cassette-grabador.

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