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El juez italiano Antonio di Pietro afirmó en 1991, en un artículo publicado en la revista Società civile, que las comisiones que los empresarios daban a los políticos, eran un sistema tan capilar, tan extendido, que representaba la norma y no la excepción, hasta tal punto, que ni siquiera era necesario reclamarlas ni proponerlas, sino que eran automáticas, en sus palabras "ambientales". Di Pietro, capitaneó una revuelta de los jueces contra la corrupción en Italia, llamada tangentopolis (algo así como el país de las comisiones), en un movimiento llamado Mani Pulite (manos limpias). 
Mamma mia, ¡cuanta corrupción!
En España asistimos a un proceso similar a la Italia de los '90, pero en vez de coordinado, se trata de un combate solitario, de algunos jueces contra la corrupción. Es un feroz combate por la independencia judicial, pero como diría Alfonso Guerra, son los últimos estertores de Montesquieu. La exigua independencia judicial se mina día a día por el Gobierno, hasta que llegue un día a desaparecer. El Gobierno prefiere influir en a quien se encarcela y a quien no, quien tiene que cargar con la culpa o quien se salva. Todo para alimentar el cansino relato de que el Gobierno o el partido del Gobierno, no tienen nada que ver y que se trata tan sólo de unas pocas ovejas negras aisladas. Lamentablemente los jueces y el país, acabarán perdiendo la batalla, como ha pasado en Italia. La corrupción se hará opaca y difícil de perseguir y el control sobre el poder judicial será casi absoluto. 

¿Pero hay un problema de corrupción en España? No para las estadísticas internacionales. Según Transparency International (CPI, Corruption Perception Index 2014), entre la puntuación más positiva, la de Dinamarca con un 92 y la más negativa, la de Somalia con un 8, se encuentra España con un 60 (ranking 37 de 175). Se diría que no tiene un grave problema, aunque debería mejorar para acercarse a los estándares europeos. Aunque España es superada por Botswana con un 63, no deberíamos dejar que nuestro etnocentrismo nos deprima demasiado. En España no hay tanta corrupción como creemos, aunque hay más de la que podemos soportar sin pensar que todo está podrido. Incluso analizando la corrupción en el delicado tema de la Defensa (industria militar y Gobiernos) según Transparency International estamos en el grado C, en un rango que va de A a F, donde A indica la menor corrupción. En el grupo A está Australia y Alemania. Reino Unido y EEUU estarían en el B. En nuestro grupo está Argentina, Italia y Japón, representando el 20% del total. En el F Libia, Siria, Yemen.
España y su CPI bajo
Quizás no estamos enfocando bien el problema. Aunque la corrupción se define como “el mal uso o el abuso del poder público para beneficio personal y privado”, lo basamos exclusivamente en un problema ético, que lo es, pero no sólo. Lo perseguimos con unas leyes, que presuponen la incorruptibilidad del servidor público, pero no sólo es un problema ético, es un problema político, de poder, de influencia o connivencia con el poder económico. Hay que ir a la causa. Pero poco se dice de los corruptores en las leyes. Hay corrupción porqué hay corruptores y hay corruptores, porque hay un modo de hacer, un business as usual, como decía Di Pietro o como nos descubrió Pasqual Maragall, en una intervención insólita y ya célebre, en el Parlament de Catalunya el 4 de marzo de 2005. Para los catalanes los del lo del 3% ("ustedes los de CIU tienen un problema y se llama 3%"), nos abrió los ojos a la extorsión natural del Sistema. Hasta hoy que los casos de corrupción han llegado al mismo Jordi Pujol y a su familia y ya nadie puede llevarse a engaño, de la gran estafa del "hacer país". La corrupción no es sólo un problema ético, es un problema de poder, de abuso de poder, consustancial a toda plutocracia


¿Y es España una plutocracia? Lo es como todos los países desarrollados, en los subdesarrollados hablamos de oligarquía, como en España en tiempos de Franco: de las familias que dominaban España. El Sistema tuvo que evolucionar durante la transición y en los primeros gobiernos socialistas, para dar entrada a la socialdemocracia, a empresas y a políticos con mucho poder, capaces de mantener el orden social y el consenso constitucional de la democracia. El Sistema tuvo que abrirse a las organizaciones nacionales como los Sindicatos y a las internacionales, como país subsidiario en la estrategia geopolítica y en la división internacional de la producción: OTAN, UE, FMI, BM, etc. La corrupción no es la excepción es la norma, es el Sistema. Abundan los ejemplos: Caja Madrid y muchas otras cajas, los Pujol, los tesoreros del PP y de otros partidos, los Fondos Reservados, las grandes inversiones en infraestructuras como las autopistas o el AVE o grandes acontecimientos como la Expo, las grandes empresas estatales nacionalizadas, en especial las energéticas. ¿Seguimos? No es un problema de unas cuantas ovejas negras, ni siquiera es un problema exclusivo de personas (que también), pero es especialmente un problema de roles. Es un Sistema cerrado, articulado en círculos de confianza progresivos, en redes de influencia y extorsión, que actúan en el interior de las empresas y las instituciones. Quienes se han opuesto al Sistema han sido aniquilados o desactivados. Este fue el caso de un empresario otrora popular, llamado Mario Conde. No voy a entrar a juzgar, ni su trayectoria empresarial (nada excepcional por otra parte, si uno contempla a sus socios de entonces como Abelló), ni sus veleidades políticas o mediáticas (tampoco tan diferentes de lo que otros han hecho con más discreción, véase la historia de La Sexta), si no que lo que quiero resaltar es que intentó un cambio de país razonable, pero imposible. Lo hizo desde arriba, sin apoyos sociales, desde un idealismo, que desafió al poder establecido y que acabó pagando con media vida en la cárcel. Toda la documentación está a disposición del público, para constatar las múltiples irregularidades procesales y judiciales, que se cometieron contra él. Para que se pudriera en la cárcel y fuera un caso ejemplarizante.


A Conde se le dieron varios avisos y hasta una salida honrosa de Banesto a cambio de dinero, pero el persistió inconscientemente y vanidosamente en su estrategia empresarial, como punta de lanza de una liberalización de España desde arriba, ignorando con quien se estaba jugando el futuro. Con el poder real. Felipe Gonzalez ya le advirtió: "lo que tu quieres hacer, no puede ser". Tanto PSOE como PP, principales co-gestores del Sistema, estuvieron de acuerdo en encerrar a Conde a cualquier costo. El díario El Pais y El Mundo se dedicaron a la destrucción pública de Mario Conde, especialmente cruento fue el libro de Ekaizer, Vendetta. Sin embargo, Conde escribió un libro de excepcional valor, que uno tuvo la curiosidad de leer, llamado El Sistema. Mi experiencia del poder (1994, reeditado en 2010). A pesar de que no cuenta con el debido rigor científico y que ignora las más básica teoría política, es un testimonio único, lúcido e inteligente, revelador y clarividente, de los entresijos del poder en España, especialmente de la época que le tocó ser protagonista. Describe con minuciosidad el plan estratégico de la plutocracia española, en el que esta profesaba un control obsesivo por la ortodoxia intelectual y por monopolizar los resortes del poder. La banca dominaba las empresas españolas clave, a través de participaciones financieras directas e indirectas. El Gobierno y la banca eran la misma élite, a través de lazos de amistad, hermandades, círculos personales y la famosa puerta giratoria. Conde se quejaba, que España se estaba desindustrializando ante una élite sin ambición de país, más especulativa que productiva, que se apalancaba en el rol subsidiario de España en el mundo. Conde aspiraba a una España liberal, que asumiera riesgos empresariales y que tuviera una ambición de país, sin olvidar la consolidación de un Estado Social, para compensar las disfunciones del mercado. No veía con buenos ojos la Unión Monetaria y eso era un completo tabú entonces, que iba más allá de los parcos intereses nacionales. En fin, quizás la idea de España de Conde no fuera tan mala, pero no tenía apoyos y logró molestar mucho a las élites: "entonces ignoraba que había contribuido a alterar el diseño que 'alguien' había hecho del sistema financiero español, de forma que estaba dificultando el regreso de Banesto a eso que en este libro defino como 'Sistema'" (p21).



Creo que con todos sus posibles errores y excesos, Conde me parece una figura destacada, como empresario y como actor social, que a nadie deja indiferente, coherente y honesta, que intentó con valor y con cierta dosis de inconsciencia, una transformación liberal de España desde arriba. El anverso de la moneda son los Blesa, aquellos que no sólo se doblegan al poder, sino que ya han nacido con los pantalones bajados, aquellos que han permitido el mayor fraude financiero de España para financiar un mini-Estado paralelo, que han apuntalado el hundimiento empresarial de España y han dejado nuestro país a merced del capital y del poder extranjero. Lo que decía Conde sobre el Sistema no sólo parece haberse mantenido, sino intensificado, pero ahora la desmesurada crisis de legitimación está poniendo en jaque a los partidos tradicionales mediante el ascenso de los nuevos populismos.

Una parte fundamental del Sistema plutocrático son las élites, eso que últimamente se ha venido en llamar la casta. Aunque el término lo ha popularizado Podemos, al primero que hemos oído hablar de casta es a Arturo Pérez-Reverte en 2012. Habla de "casta golfa y desvergonzada y manifiestamente incompetente", aunque a veces utiliza el término mucho más técnico de "panda de gilipollas" o directamente con el concepto más ontológico de "hijos de la gran puta", como escribió en el premonitorio artículo de 1998, "Los amos del mundo". Especialmente ilustrativa de este fenómeno es la entrevista, que Jordi Evole le hizo en 2013 para Salvados, donde describe perfectamente a la casta como élite económico-política ¿Y que salida nos propone Pérez-Reverte? Pues curiosamente ninguna. Ninguna solución, ninguna revolución, sino más ilustración, más educación, más cultura, más espíritu crítico. Este es un debate que tengo con mi querido amigo. pensador y escritor, Jorge Sánchez (ver su blog Bajo la lluvia). El sostiene, que el viejo proyecto de la Ilustración sigue vigente, sigue inacabado, es el proyecto natural de la racionalidad y de la libertad occidentales bien entendidas. Y no le falta razón, ante tanta barbarie e irracionalidad imperantes, pero precisamente la Ilustración concibe las relaciones de poder como un rechazo de la diferencia y de la alteridad. Auschwitz y Hiroshima son muestras de sus límites, con lo que al menos habría, que repensarla aprendiendo de estos. Pero poca más esperanza nos queda ya.


LOS AMOS DEL MUNDO
Arturo Pérez-Reverte
15 de noviembre de 1998

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla antro del computador, su futuro y el de sus hijos.

Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden.

No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia.
Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.

Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad.

Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.

Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros.
Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

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