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Sin palabras de Dios

1985-2010, v2.5

Color de ángel gris. “Él” es ese personaje sin nombre, que aparece en los cuadros, en las fotos, en la televisión, en el trabajo, en las escenas cotidianas, entre las personas conocidas y los amores perdidos. Su única vida consiste en andar por las calles, sin cesar, con una existencia amarga, sólo para ser visto, pero no escuchado y menos tocado. Su vagar silencioso, su presencia extraña, le merecen a la gente, la atención de un segundo, después se desvanece entre la multitud, fuera del escenario de nuestra visión. Triste cometido de rellenar espacios inútiles de miradas ajenas. Tampoco tiene edad, podría dársele entre treinta y cuarenta. Es pues, un personaje impreciso, anfibológico, que nunca se detiene, pero que toda persona percibe, pues siempre está allí, visiblemente o invisiblemente. No está más presente porqué esté, porqué se le vea, aunque sea a lo lejos, si no porque es la presencia misma, porqué hace posible el aparecer de todos nosotros, que no somos más que sus sombras. Está en todas partes. En las fiestas, en las reuniones, quizás incluso detrás tuyo. “Él” es el que se marcha del cine antes de que haya terminado la película, como si hubiera errado en su elección. Seguro que ya lo has reconocido y sabes de quien hablo, pero no sabes quién es. Es fácilmente reconocible pero no es nadie. Su existencia es anónima. Su oficio es el más duro. Sin duda. “El” es el olvido que se pierde en el infinito cuando uno quiere hablarle. Todos lo conocemos y nadie sabría describirlo. Nunca tiene tiempo para nada, porque su tiempo no existe. Ni empieza, ni acaba, cruza. Vive a través de nuestras vidas sin vivir, pero no por ello deja de existir. Se parece algo a “Ella”. La de siempre. La de los ojos cautivadores, que sonríe muda. Que viene de una época lejana y que parece que está más cerca, cuando más lejos está. Tampoco tiene nombre. “Ella” es esa mujer. No es la mujer de los sueños, existe realmente, pero sólo para ser vista. Se diría al verla, que uno ha estado siempre enamorado de ella y que no va a poder olvidarla. Sin embargo, al torcer la esquina nos preguntamos, - y ¿cómo era? Nadie la ha tocado, ni se sabe que hay más allá de sus ojos. Ni siquiera tiene un rostro definido, sus facciones escapan a cualquier mirada, aunque sus labios son maravillosos. Siempre se va o por un lado o por el otro, con rapidez. Esa mujer es también el olvido, nuestro olvido. Es una bella fugacidad, presencia de una sola vez. La has visto un día y no la has vuelto a encontrar. La caricia de su mirada es informe. ¡Qué soledad! ¡Qué esclavitud tener que trabajar en esto! Son oficios que impone la vida. Hay muchos como “Él” y muchos como “Ella”. Son gente que pasa, de paso, que siempre está en el medio. Casi siempre camina y no va a ninguna parte. Rostros sin rostro que ves una vez y no vuelves a encontrar.

Todo esto que escribo, describe a los profesionales que fueron necesarios al constituirse las ciudades. Las multitudes, las masas, los tumultos, las mafias, las fiestas, están formadas por estos sujetos, que obedecen órdenes, creyendo que ejercen su libre albedrío individualmente. Hay algunos especializados en subir y bajar escaleras. No hacen otra cosa y siempre están en algunas de ellas, subiendo o bajando, como si fueran o vinieran a alguna parte. Nacen, crecen, envejecen, ensuciando el mundo, gastando las escaleras, para que otros hombres las reparen con cemento o las cambien por otras nuevas. Una sociedad es un todo organizado por sujetos o grupos. Todos interactúan a nivel de acción y comunicación. ¿Qué harían los hombres especializados en reparar escaleras, sin los que se dedicaran a gastarlas? ¿Y qué harían los hombres que suben y bajan escaleras, sin escaleras? Lo mismo sucede con los que permanecen sentados sobre los bancos para que se despinten, para que así a su vez, otros técnicos especializados, puedan pintarlos. ¿Qué otra utilidad puede buscársele a que alguien se siente en un banco sino esta? La lógica de las necesidades comunes salva a la sociedad del absurdo.

Los sujetos tienen un mismo ritmo vivaz y caras cansadas, porque quien de nada vive, nada puede dejar de hacer. Ya se sabe: trabajar cansa. Nunca hay dos caras iguales, a pesar de que su morfología facial es una combinación de los mismos elementos. A veces, el amor es sólo una cara, una cara que encuentras por la mañana y que no te responde. Y te olvida por la noche.

Algunos sujetos trabajan en dúo. Se dan la mano, casi siempre en los umbrales de las puertas y cuanto más aparatosas son estas, más sonríen. Casi siempre son de género masculino. Mayormente llevan carteras –vacías naturalmente-, y relojes de cuarzo que miran insistentemente, pero evidentemente no indican hora alguna. Estos dúos cumplen una función dentro de la sociedad, al igual que muchos otros. Por ejemplo, aquellos que en vez de colaborar con sus colegas prefieren, hacerlo con máquinas. Para demostrarlo solo hay que acordarse de cuando inventaron las carreteras: hubo que crear coches para ocuparlas, y consecuentemente, también sujetos que los hicieran funcionar para transitarlas. De ahí que las calles se llenen de coches. También hubo que inventar los accidentes, sino ¿quién se hubiera tomado en serio el transitar por las carreteras? Sin la posibilidad de morir, la vida no tiene ningún sentido. Incluso se tuvieron que establecer unos límites de velocidad, de lo contrario los fallecimientos en los accidentes, no tendrían una causa. Pero los coches no son las únicas máquinas, aunque son muy abundantes. También hay sujetos que permanecen horas y horas ante unas pantallas, haciendo ver que miran algo o leen algún signo, cuando simplemente lo que hacen es estropearse la vista, para que así los oftalmólogos puedan ocuparse de curarla. Hay otros sujetos que se dedican a llenar lugares a ciertas horas determinadas, como por ejemplo cuando se estropea el metro, que empiezan a ocuparlo con cara de impaciencia como si remotamente les preocupara la avería. Son evidentemente, grupos organizados. Los hay de muchos tipos, como los que asisten a mítines políticos o los que llenan los teatros para que se agoten enseguida las entradas. Cada uno tiene un rol en la vida, aunque no lo sepa. Saberlo ayuda a tener éxito en lo que se hace y es la premisa de la felicidad y de la aceptación de la finitud, pero no todo el mundo tiene el coraje de aceptarlo. Preferimos escaparnos a nuestro destino, imaginamos que nuestras fútiles energías son un poder divino, pero si no somos humildes, la losa de la vanidad acaba por hundirnos tarde o temprano.

Los sujetos se distribuyen según geometrías piramidales. Todos los sujetos y grupos de sujetos que conforman la sociedad, están separados en clases sociales. Existen, por una parte, los seres dotados de palabra que son unos privilegiados, son los que dominan la sociedad, y por otra parte, están los seres desprovistos de palabra, como algunos de los que hemos descrito. La clase minoritaria de los apalabrados domina a la de los silenciosos y silenciados. Los seres despalabrados sufren la esclavitud impuesta por los parlantes o apalabrados. La dura opresión se refleja en sus rostros. Los seres apalabrados gritan cuando son dirigentes, gruñen cuando son guardianes del orden, vociferan cuando son masa aclamatoria y cantan cuando son artistas. Estos últimos, más que un grupo aceptado, son un grupo tolerado entre los seres dominantes. A medio camino entre las dos clases, existen los tartamudos, que son razonablemente interclasistas y constituyen una minoría étnica. Son más respetados que los seres sin palabra. Los hombres del silencio nunca hablan, algunos gesticulan, pero estos últimos no son muy apreciados por los auténticos despalabrados, aunque no coarten ninguna de sus expresiones. El lenguaje de los dominadores es la palabra, ellos son incapaces de pensar, pero esta pesada actividad no les hace ninguna falta, incluso se puede decir, que les sobra. Los que si piensan son los despalabrados, pero parece que de nada les sirve. En el silencio y por el silencio, estos seres reflexivos son explotados por los dueños de la palabra, que constituyen la única clase de seres que pueden dialogar entre ellos. Quienes no hablan, solo monologan con su voz interior, lo cual impide que se comprendan y se organicen.

Se comprende que en un mundo donde no hay cosas, -porque las cosas, los coches, el metro, las escaleras y todo lo que existe y se percibe, son tan solo palabras y nada más que palabras-, todo se haga con palabras y quien las domina, mande. No es que los hombres despalabrados no sepan hablar, simplemente son obligados a guardar silencio. La única ventaja que tienen los oprimidos es que saben escribir, mientras que los apalabrados no, pero quien manda, ordena lo que se ha de escribir. Los libros y los periódicos publicados son ordenados por los comandantes verbales. Alguna publicación clandestina distribuida por un cierto individuo despalabrado subversivo, ha sido destruida junto a su autor por la policía semántica que tan solo sabe leer. Leen e identifican las incompatibilidades con la Ley. Reconocen lo que se puede decir y lo que no, es decir, están en posesión de las reglas de enunciación de todos los enunciados posibles de la sociedad, aunque tales reglas ellos no las han creado. Ser apalabrado en el mundo de las palabras permite a los seres humanos, reírse. Los despalabrados, por el contrario sonríen. La Guerra se presenta siempre cuando las clases entran en fricción. Los despalabrados para comunicarse entre ellos tienen que recurrir a la escritura, que es fácilmente detectable a través de la lectura. Y entonces vienen las condenas, y la risa del poder, pero también la sonrisa del viejo topo. Hay trasvases de seres de una clase a otra, pero es más fácil para bajar que para subir. Si hay algún ascenso es tan sólo para crear discordia entre los oprimidos y dividirlos aún más. Las leyes son las leyes, dura lex sed lex, pero todas se basan en una ley de orden superior, lo que comprenden muy bien quienes están en silencio: la ley que obliga a respetar las leyes. No es difícil de franquear esa ley, pero una vez transgredida, si uno lo ha perdido todo ¿puede aún darse cuenta de que ha conseguido la libertad?

“Le cedo la palabra”, se dicen entre ellos los apalabrados. “Silencio por favor” dicen los rótulos performativos del poder. Quien transgreda las leyes desde el silencio, habla y si habla, domina: o es un traidor o es un hipócrita. En el mundo de las palabras el poder se ejerce desde la Biblioteca, a través del saber de los libros. La Biblioteca está situada en la capital y es en el ámbito donde los apalabrados y despalabrados trabajan conjuntamente para el funcionamiento de la sociedad. Claro que las funciones más rutinarias son asignadas a los desplabrados para que las ejecuten sin rechistar, sometidos a una explotación mecánica y agotadora. Los dirigentes gritan y unos operarios, los así llamados bibliotecarios, se encargan de las más diversas tareas de ordenación, registro y control de la circulación de los libros, que pueden ser leídos libremente por todos. Los jefes de la Biblioteca, seres altamente especializados, dirigen a otros operarios, los así llamados escribanos, más vulgarmente, escritores. Estos se dedican a escribir obras de todo tipo, por encargo y son vigilados por la policía semántica, palabra a palabra. Los dirigentes hace tiempo ya, que han comprendido que la única manera de dominar a los despalabrados y a los tartamudos, que viven de sus trabajos bajo una indirecta y no exhaustiva vigilancia, es obligarlos a escribir libros y más libros, tantos que nadie pueda saber por si mismo todo el conocimiento y menos por un sólo libro. Esto les obliga para saber algo, a recurrir a la autoridad de los gobernadores parlantes, los cuales, mintiendo deliberadamente pueden convertir el amor por el saber en una creencia vicaria y supersticiosa, que permite mantenerlos en el mero terreno de la opinión, siendo así incapaces de solucionar cualquier problema. De este modo convierten el amor por el saber, la filosofía, en el amor por el poder, la filocrácia, en la justificación del poder de los seres con palabra. Los seres sin palabra se convierten en seres dogmáticos, supersticiosos, incluso les es imposible odiar a quienes generosamente les ofrecían ayuda a sus dudas. Aquel que sobrepasa la ignorancia y la sumisión normal, es convenientemente amenazado, con medios sutilmente represivos, hasta que el mismo se convence de cuál es la auténtica verdad.  Quien no hubiera tenido suficiente con esto y se resistiera a pesar de todo, sería directamente castigado con la máxima pena: la decapitación de la lengua, llamada oficialmente, abstracción del logos. Los dirigentes también castigan a los propios miembros de su clase, precisamente a aquellos que se hallan en la frontera del bien y del mal, como los artistas, según hemos dicho anteriormente. A algunos se les obliga a contar hasta el infinito la serie de números reales, a otros se les obliga a recitar poemas eternamente. La diferencia entre el trabajo del artista y su condena es una sutil diferencia entre la originalidad y la cantilena repetitiva.

En la Biblioteca no se encargaban dos libros iguales, todos eran diferentes y de distintas extensiones y temáticas, pero operaban sólo con un vocabulario muy reducido, y de hecho, tales libros se asemejaban más a un cálculo de probabilidades que a un discurso literario. Los bibliotecarios eran seres con memoria, los escritores no, por eso se complementaban. El edificio de la Biblioteca es casi tan grande como la capital, en las ciudades periféricas tan sólo hay Salas de Lectura. La vida cotidiana de la capital se desarrolla entre las ramificaciones del edificio de la Biblioteca hasta la hora de dormir, momento en que todos se van a sus casas. Todo son calles de volúmenes y volúmenes, con tomos de miles de colores, pero de una idéntica medida. Nadie sabe cuántos volúmenes puede haber, porque hay un mecanismo que lo impide: cada cien libros, un número indeterminado de estos que puede variar de uno a diez, según la azarosa decisión de un dirigente, no se registra, ni se cataloga, ni tampoco se clasifica, para que tales libros puedan circular con facilidad y rapidez, y de este modo puede ser incluso robado o ser motivo de litigio entre sus pretendientes, ya que nadie regula su préstamo. En total hay dos billones de libros catalogados o 1012, lo cual significa que podría haber hasta un máximo de cien mil millones y un mínimo de diez mil millones de libros sin catalogar. La policía es la primera en leer los libros y si estos no son procedentes, entonces se pasan a los dirigentes, los cuales en última instancia deciden si deben ser editados o si los originales deben ser triturados, para luego servir de materia prima para la fabricación de nuevo papel. En el centro del edificio se hallan los operarios más válidos. En los depósitos trabajan los castigados, recitando sus condenas y algún artista, por vocación. Los hay que se dedican a sacar los libros de sitio para volverlos a poner de nuevo o los que se dedican a servirlos al centro de gestión para que se puedan prestar. Los más capacitados de entre los condenados tienen la profesión de desordenar los libros de sitio para que sus compañeros no los encuentren y así los dirigentes tengan motivadas razones para gritar a los despalabrados. La única manera de ejercer el poder es a través de la imperfección. El control para ser realmente efectivo nunca puede ser completo ni exhaustivo, porque eso lo hace vulnerable, por eso la máquina del poder calcula ciertos fallos necesarios, aunque asumibles. La perfección del control total, como un gran hermano, resultaría demasiado frágil, demasiado fácil de subvertir.

Hay bibliotecarios encargados de mirar insidiosamente a los lectores durante todo el rato, colocados estratégicamente por toda la biblioteca. No vigilan, ni siquiera tienen alguna capacidad de acción. Tan sólo miran, pero lo hacen tan cerca de la cabeza de los lectores, que crean en estos la angustia de ser vigilados en sus pensamientos, en su intima comprensión del libro. La mayoría de la gente no lee libros en la Biblioteca, si no que lo hace fuera de esta, en las Salas de Lectura, para lo cual utiliza, la posibilidad del préstamo de libros. Todo el mundo pasa por un centro de lectura, sea Sala o Biblioteca, pues es obligatorio leer ocho horas al día. Ese es el tipo de impuesto que se utiliza aquí.

“Yo” era un bibliotecario, diligente y experimentado. En la Biblioteca, tenía que ordenar los libros recién escritos, dándoles su correspondiente signatura. Digamos que era el comienzo de la cadena, a partir de ahí empezaban a circular las palabras hacia todos los seres. “Yo” había sido un gran despalabrado, que tras traicionar a la clase antagonista, había conseguido ascender hacia el envidiable cargo de bibliotecario, una vez conseguido el apalabramiento. Sí, lo confieso, había sido cínico y cruel, lo cual no me parecía muy indigno para alguien que había sido un esclavo. “Yo” siempre había sido un amante de la belleza y del arte. Hacia cosas indeseables tanto para los despalabrados como para los apalabrados. Estaba justo en el medio, en la equidistancia lingüística. Pero un día las cosas cambiaron repentinamente. Recibí un mensaje con una cita. No pude esperar más tiempo y fui al sitio convenido de antemano. “Él” ya estaba en el lugar:
- ¿Por qué has venido?
- He venido. Qué más da por qué. ¿No me he arriesgado ya bastante?
- ¿Riesgo para ti o para mí, que soy culpable de mal hablar?
- ¿Cómo te llamas? –Pregunté ya que por entonces no conocía su nombre
- Yo soy yo
- Eso es más que un nombre, pero menos que un hombre
- Yo soy el que soy
- Con este nombre no puedo reconocerte. Y ¿quién no es yo? Y ¿quien deja de serlo? Una palabra tan oscura, que puede señalar a todos los hombres cuando hablan de sí mismos, ¿de qué te sirve en el momento de hablar de uno mismo?
- Mi nombre para mi es “Yo”
- ¿Yo?
- Tu nombre para ti es “Él”
- ¿Yo soy “El”?
- Así te bautizo. Tú eres el otro. Y yo soy lo mismo que todos, porque yo me escondo y no me escondo para ayudarte. Yo soy la máscara de “Él”. Me oculto para no ser reconocido, nada más que por ti y tu solo me conocerás, pues quien quiera culparme se culpará a sí mismo, sin llegar a saber de mí, quien quiera ahondar más en mi ser, más conocerá a “Él” y más se distanciará de los otros, que por ti alcanzarán la cumbre y perecerán en la distancia de su desconocimiento. Cada vez que nombres mi nombre, el nombre de todos los nombres de todos los hombres, te encontraras atrapado si piensas que eres tú, pero te liberaras si piensas que soy “Yo”.
Me quedé asombrado ante tales palabras. ¿Quién era este hombre? Y ¿quién soy yo realmente? ¿porqué me había elegido a mí? “El” se fue a sus quehaceres cuando encontró en su escritorio un libro nunca visto. Parecía una pecera en la que nadaban las palabras y cambiaban al pulsar un botón. Era un extraño libro formado por miles de libros. Era legible como todos los demás, pero no era de papel, era todo de plástico. No tenía aroma alguno y no hacia ruido. Se trataba de una gran revelación.

El suelo de la Biblioteca era una inmensa rejilla metálica que formaba rectángulos suficientemente pequeños para no precipitarse por el abismo. Bajo ese suelo de agujeros había muchos más pisos y pisos y no se alcanzaba ver el final. Y por arriba lo mismo. Parecía una inmensa jaula. Estaba hecha así para prevenir incendios fortuitos, al temible Farenheit 451. Pero si hay algo peor que el fuego para los libros, es el agua, la humedad, ese asesino lento e implacable para el papel. Y eso fue lo que pasó. Por causas desconocidas, por circunstancias altamente improbables de los fenómenos meteorológicos que se asociaron creando una eventualidad catastrófica, un gran tsunami en la capital anegó por completo la Biblioteca. Fue el Diluvio Universal, fue un auténtico cataclismo para la civilización de la palabra. Cuando el agua se retiró, todos los libros eran inservibles. O se habían roto las páginas por el ímpetu del agua, o se había difuminado la tinta haciendo los textos incomprensibles. Páginas sueltas de libros diferentes, juntadas al azar, daban la impresión de que todos los libros estaban Work in progress, troceados, inconexos, incomprensibles, todos se parecían al Finnegans Wake de James Joyce. Nunca este autor pudo imaginar tanta popularidad. Y lo poco que quedaba estaba enfermo de humedad, con manchas de colores y el papel se consumía desdibujando las palabras. Toda la memoria, el conocimiento entero, se había diluido, perdido de repente. Como el colapso de las Torres Gemelas en New York. Tal y como los experimentos en el SLAC (Standford Linear Accelerator Center) fueron confirmando las teorías de Murray Gell-Mann y Kazuhiko Nishijima, que postularon los quarks en su intento de clasificar los hadrones. Los átomos se desintegraron. El suelo se vino abajo y la humanidad cayó en el abismo, pero sin embargo, la vida siguió igual. De la misma manera, apalabrados y despalabrados, desprovistos de su memoria colectiva, siguieron deambulando en su retórica existencia, sin demasiado sentido, confusos, pero quizás hasta más felices, disfrutando de su reducida libertad asintótica al igual que los quarks. Entonces entendí el significado de las palabras de mi “Yo”. Ese ser me había iluminado, pero no con una pura iluminación analógica al estilo del Génesis, del principio de los tiempos, si no con una iluminación digital, propia de la evolución de la especie a un estadio superior. “Él” me había dado el Libro de los Libros, un libro electrónico, que resumía todo el conocimiento y toda la sabiduría de la civilización y “Yo” era el Profeta, que tenía que volver a divulgar la palabra: el habla habla a través de mí. Mi libro, su libro, el libro de todos, el libro que “Yo” me reveló, se convirtió en un libro sagrado, en la palabra de “Él” y “Yo”. “Él”, como su espíritu estaba predestinado a devolver la sabiduría y el amor a los seres humanos de la Tierra. Entonces, fui con el libro de todos los libros, el libro iluminado digitalmente por él, me puse en el centro de la Biblioteca completamente devastada y dije:
- Hermanos, yo tengo el saber de todos vosotros y he venido aquí a restituiroslo para que seáis libres y podáis redimir vuestra culpa del odio. Mi “Yo” me ha revelado la verdad a través del Libro de todos los libros, escrito por vosotros. Pero tenéis que saber que sin amor, de nada os servirá el conocimiento. No podemos por más tiempo luchar entre hermanos. He traído este Libro para que sea vuestro buscador, vuestro navegador, vuestra luz electrónica, vuestra ruta en la red.
Decidieron seguirme en armonía, bueno no todos, un grupo que se autodenominaron los “Anti-Yo”, se pusieron en mi contra, acusándome de profesar mentiras, hasta que acabaron sacrificándome. Aún recuerdo cuando me mataron empujándome al vacío por agujero del ascensor de la Biblioteca. Ellos defendían la superioridad del Verbo, de la tradición oral, del poder de la Voz sobre la Escritura. Destruyeron el Libro, el libro electrónico, y la Humanidad cayó en una época oscura de dominación de los apalabrados, donde los despalabrados no tuvieron ni voz, ni voto. Se les prohibió leer y escribir. Unos hablaban y otros escuchaban. Sin libros, ni tradiciones. Sin una memoria colectiva, todos los días eran el mismo día y su vida era el eterno retorno. El pasado, mi pasado, nuestro pasado, dejó de existir así como el futuro. Pérdidas las referencias del ayer, nada podía proyectarse al mañana. El Universo se congeló y dejó de expandirse o de contraerse. “El”, “Ella”, “Yo”, continuábamos con nuestros trabajos. Nuestra pura existencia vocal lo hacía todo posible en un instante, para luego borrarse para siempre o hasta el día siguiente. Nunca me gustó ese mundo, después de mi muerte, pero así son las cosas de la Religión, pura palabrería. Mi pasión era escribir, no divulgar la palabra. Fui un mártir de mi época, pero nunca quise serlo. Podría haber tenido mi propia resurrección, pero eso estaba muy visto. Y ahora que no hay épocas, ya no hace falta escribir. Sólo aparece la palabra que se escribe a sí misma.

¿Quién hay más que quien escribe? ¿Qué más hay si nadie escribe? El texto. Sólo hay un gran texto infinito. No hay un afuera del texto, vivimos en él, no hay nada más que textos de textos. Somos solo palabras, palabras pretenciosas y animadas, que sueñan que viven una vida que no están soñando. Huellas que marcan la imposible presencia del Ser. Solo hay un ser vivo del que todos hacemos parte: el Hipertexto. “Él” lo escribe y lo que escribe es “Él”. 


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