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Sabemos, que el talento es lo más importante en una empresa. Bien sabemos también en nuestro país, que desperdiciar el talento por culpa de una escolarización desfasada, es motivo de retraso cultural y competitivo por décadas. ¿Pero si ese talento no es humano, también lo aceptaríamos? ¿Ficharíamos en nuestra empresa, a un robot dotado de una inteligencia superior al mejor de los empleados?

Quien iba a decir que un extraordinario poeta bipolar como Lord Byron, iba a estar en el origen de los retos, a los que la sociedad digital se enfrenta. Byron escribió un famoso poema llamado Prometeo, sobre el mito del dios griego, que trasmite el poder divino a los humanos. Mary Shelley, vecina y amiga de la familia de Byron, escribió en 1818 la primera novela de ciencia ficción llamada Frankenstein, subtitulada el moderno Prometeo. El marido de Mary, Percy Shelley, también publicó un poema llamado Prometeo desencadenado. Y finalmente, la hija de Byron fue nada menos, que Ada Lovelace, la primera programadora de software de la historia, la que de alguna manera, hizo tecnológicamente realidad, el mito de Prometeo.

Ada realizó mediante el sistema de las tarjetas perforadas, el primer software para el primer ordenador de la historia, la llamada máquina analítica de Charles Babbage. Una primera máquina pensante, que podía realizar procesos más allá del mero cálculo. Ada hizo lo mismo, que el Dr. Victor Frankenstein con su monstruo, le dio vida y desde entonces, la humanidad vive con el miedo del castigo del mito de Prometeo, que representa en el imaginario colectivo, la rebelión de los robots. El monstruo es, por excelencia, la desviación de la norma, aquello que está más allá del orden, de la regularidad y de las leyes de la naturaleza.
La máquina analítica de Babbage
Víctor Frankenstein creó al monstruo fuerte y alto para ayudar a la humanidad, y no para que matara como finalmente sucedió. De la misma manera, la carrera por desarrollar la inteligencia artificial cada vez más sofisticada, para mejorar la vida de los humanos, puede ser el mayor riesgo al que se enfrente la humanidad, pudiendo ser exterminada completamente o condenada a trabajos de carga, como los humanos han hecho con algunos animales durante la historia. Célebres científicos como Stephen Hawkings han advertido sobradamente, que el advenimiento de la singularidad, como momento en que la inteligencia artificial superará la humana, puede ser un punto de no retorno, en el que la humanidad acabe sucumbiendo a los terribles e inconfesables designios de las máquinas pensantes.

Muchos expertos aseguran que hasta el 46% de los empleos actuales pueden ser automatizados mediante los nuevos sistemas de inteligencia artificial. En ese caso, la adquisición de talento puede llegar a consistir en escoger el software con el entrenamiento adecuado. No más preguntas trampa, no más test psicotécnicos, no más profesionales del recruiting al uso. Simplemente técnicos, que evalúen el software y adapten el interfaz, para que se comunique con los empleados de la empresa de la manera más eficaz, según su cultura. Al margen de todo el debate, que suscita la bipolarización extrema del mercado laboral, entre profesionales autónomos con un gran valor y ejércitos de desempleados improductivos no reciclables, la automatización inteligente del trabajo, va implicar un cambio radical en la gestión de los recursos humanos en las organizaciones.
Los nuevos empleados
La compatibilidad entre los empleados con el software inteligente será clave. Probablemente, se rescindirá el contrato a los trabajadores, que sean incapaces de tolerar la frustración de verse superados por una máquina. Los sindicatos negociarán clausulas para minimizar la automatización, pero poco podrán hacer para detener la lógica de la innovación. La robotización industrial será un pequeño chiste comparado con lo que viene. Los políticos hablarán cada vez más del salario social y los conflictos militares reducirán parte de la población excedente. Nuevos ludismos vendrán a la palestra. Mientras tanto, los pocos profesionales del talento que queden, harán coaching para que los directivos puedan comunicarse con máquinas sin volverse locos. Su tarea principal será gestionar los desequilibrios entre humanos y máquinas. Ante el panorama generalizado de la auotmatización, quizás tendremos empresas artesanas en la que todo lo harán humanos, con su sello de denominación de origen "made by humans only", como signo de calidad vintage, al igual que hoy las más exquisitas bodegas de vino utilizan métodos tradicionales. ¿Serán los futuros robots inteligentes, nuestros Frankenstein? Hay miedo, pero también ambición. Sólo nos queda un camino. Primero la moratoria de la implementación social y económica de la inteligencia artificial, hasta que podamos controlarla. Y segundo, empezar el debate de una regulación de esta tecnología, tanto en el momento del desarrollo como en el de la explotación. Es el deber de la responsabilidad digital. Seguir el deseo ciego del progreso a través de las máquinas pensantes, llevará a los humanos a intentar ser inmortales, pero al precio de dejar de ser humanos, en palabras de Byron, sólo se conseguiría "haciendo de la muerte nuestra victoria". 

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