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En agosto de 2002, mientras se llevaba a cabo la toma de posesión de Álvaro Uribe, como presidente de Colombia en el Palacio de Nariño, unos atentados de la guerrilla de las FARC en el exterior, dejaban un saldo de 17 personas muertas y otras 20 heridas. Sin embargo, el talento de una niña llamada Marisol Zapata, ante las 58 delegaciones extranjeras presentes en el acto, acalló las explosiones, tocando magistralmente con su violín a Vivaldi.

Los libros de autoyuda y de management, nos hablan de los mejores recetarios para conseguir el éxito. Sin embargo, el fracaso es el gran tabú. Y en el mundo del éxito, la normalidad es el fracaso. El fracaso no es una medida personal. Igual que nadie quiere considerarse tonto, menos uno quiere verse como un fracasado. Las narraciones personales son siempre heroicas, pero el fracaso es una métrica del mercado, que nos enseñan las estadísticas. La gran mayoría de cambios profesionales son a peor.

En el mercado laboral actual, la clase media, tradicionalmente ascendente en la escala social, sufre una movilidad descendente. Grandes grupos de la población, incluso con buenos niveles de estudios universitarios, son abocados al mileurismo y a la cultura del fracaso, como inadecuación de las capacidades profesionales a los puestos disponibles. La habilidad de crear valor añadido para las empresas, se ha convertido en una compleja tarea para unos pocos elegidos. También la vocación de emprender está llena de fracasos, antes de poder recoger algún éxito.

La cultura del fracaso tiene una parte negativa, que es la situación en la que alguien rechazado por el mercado, no se considera suficientemente bueno. Y ese deterioro profesional, al final se convierte en una degradación personal, en una peligrosa despersonalización: la corrosión del talento lleva a la corrosión del carácter, en palabras del sociólogo Richard Sennett (La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo). Eso es debido a que buena parte de la valorización personal, se consigue en el mundo del trabajo. Pero la cultura del fracaso tiene también una parte positiva, la del aprendizaje y la de la autosuperación. El éxito auténtico y duradero, el que no sólo es exterior, ni casual, sino interior y conquistado, solo viene después de grandes esfuerzos en conseguir las propias metas y vencer los miedos más personales. Sólo después de mucho fracasar y de una gestión inteligente del fracaso, se puede alcanzar el éxito o la plenitud. 

El mercado dual, por una parte busca desesperadamente el talento, pero por otra, también es una trituradora implacable de este, que lanza innumerables jóvenes al gueto intelectual de la desesperanza. Por eso es importante y urgente, impulsar el talento, crear programas de detección precoz, ayuda y desarrollo, para positivizarlo lo antes posible.

Barrio La Castilla en Medellín, participante en el proyecto de bandas de música
María Zapata, fue el resultado de una noble iniciativa de dos barrios de Medellín enfrentados por la violencia social, que decidieron hacer la paz mediante la música. Crearon una Red de Escuelas y Bandas de Música para niños y jóvenes, donde María se enroló a los 9 años y decía "en Medellín se vive una guerra constante y hay situaciones muy difíciles, pero el programa le hace a uno ver las cosas de otra manera y le permite transmitir ese mensaje a las personas". Y así lo hizo para el mundo entero. A los 13 años, con su violín de la paz, acalló las bombas del odio. Impulsa el talento.

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