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Los más fervientes lectores de la obra Finnegans Wake de James Joyce, que data de 1939 afirman, que en la página 620, línea 22, predijo Google
"One chap googling the holyboy's thingabib and this lad wetting his widdle"

No os esforcéis. No es exactamente inglés. Joyce escribió el libro mezclando varios idiomas e inventándose muchas palabras.  No en vano, el veredicto general de la crítica, tras su publicación, fue que su autor había perdido el poco juicio que le quedaba. Las críticas fueron demoledoras. A lo que Joyce contestó, que calculaba que los críticos tardarían 300 años en descifrar la obra.

El siglo XX, especialmente en sus inicios, nos enriqueció con innumerables tendencias artísticas, muchas de las cuales, las que fueron provocadoramente disruptivas, se las denominó vanguardismo: futurismo, dadaísmo, cubismo, constructivismo, expresionismo, formalismo ruso, ultraísmo, surrealismo, suprematismo, por citar algunas. Una de sus características principales fue el experimentalismo. Se proponían metodologías  novedosas para desarrollar arte, utilizando nuevas técnicas, sin saber muy bien de su efectividad comunicativa y de la capacidad de recepción por el público.  Rompían tradiciones y proponían formas nuevas en cada obra, constantemente. Introdujeron, por primera vez, el público en el laboratorio creativo.

En música, el gran genio disruptivo fue Schönberg , al derribar la escala musical de ocho notas y sustituirla por un sistema basado en doce.  Aún hoy en día, las mentes educadas en la música clásica, les cuesta escuchar la sublime música disonante. Sigue siendo el deleite de unos pocos académicos y locos, valga la redundancia. La primera vez que Schönberg utilizó este sistema fue en su Suite para piano, Op. 25 (1.921 – 1.923).  La recepción de la crítica y del público siempre fue poco afectuosa: "si esto es música, ruego a mi Creador no me permita escucharla nunca más”, se comentaba en los periódicos de la Viena de la época.


Schönberg tan sólo abrió la caja de los truenos. Desde entonces, la música ha innovado notablemente. Desde el serialismo integral, hasta la música estocástica, pasando por el concretismo y la música electrónica. El gran público, sólo conoce este tipo de música, a través de las películas de terror y de suspense, sin darse cuenta. Grandes músicos de bandas sonoras como Bernard Herrmann, han conseguido, que los espectadores digieran música atonal, acompañando secuencias extremas como en Psicosis, y han abierto el camino a que muchos otros autores hagan lo mismo. Pero pocas personas van voluntariamente a ver un concierto de una obra de Xenakis como Keqrops o Horos, sin ser arrastrados por una pareja de la policía nacional.

En las últimas décadas, hemos desarrollado incluso música sólo para leer, para imaginar en partitura. Música para no escuchar, con notaciones que son una obra en si misma, como Aria for Timpani de Englert. O música aleatoria, siempre diferente, o también música imposible de ejecutar, por tener más de 15.000 instrumentos. Digamos, que hemos llegado desde muchos aspectos musicales, a los confines de lo que puede llamarse "música". A los límites de lo que podemos escuchar, aunque no sea por deleite, y a pesar, de la preparación conceptual fuerte, con la que hay que abordar estas obras.


En literatura, ha pasado otro tanto. Pero las exploraciones formales llegaron pronto al límite absoluto. Nadie ha ido más lejos que Joyce y su ya citado Finnegans Wake. Joyce tiene el mérito de haber construido una obra con múltiples niveles, diversos idiomas, varios estilos y conexiones disparatadas.  Las dificultades de comprensión muestran el límite de una obra onanista, donde el mismo escritor es el destinatario. Donde no hay audiencia posible. Donde la obra abierta se cierra en sí misma. Joyce alcanza el límite de lo escribible y de lo legible. Pasados más de setenta años desde su publicación, empiezan a haber traducciones -aunque parezca increíble-  y aumenta el interés por la obra. Y esta obra cerrada y personal, se convierte en hiper-abierta y universal. Existen muchos grupos de lectura por Internet. Quizás, tenía razón Joyce, en que se adelantó 300 años a la posibilidad de entenderla. 


Con la innovación en las empresas también está empezando a ocurrir lo mismo, que con el vanguardismo. Muchas veces se fracasa, porqué no existe aún el mercado, que pueda comprar el producto.  Otras veces, cansamos al consumidor con productos innecesarios o mediocres, o abusando de su capacidad de asumir novedades. O simplemente, no conseguimos una masa crítica antes que los competidores. Pero en todo caso, una cosa es cierta, y es que también la innovación tiene límites. Siempre en un contexto determinado. La innovación actúa sobre el sistema social de significados existente, sobre la estructura semántica de la cultura, con lo que romper demasiados compartimientos conceptuales, puede provocar la más completa incomprensión de la propuesta de mercado y la incapacidad de percepción de los beneficios de producto.  Hay que abrir los laboratorios a los consumidores, necesitamos una Open Innovation con los prosumers: "La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo" (Alan Key).

(Publicado inicialmente en Linkedin)

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