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Para aquellos, que hayan leído la Biblia, no se les escapará el detalle, que el versículo 32 no existe. El 31 es el último. Así fue como el que fuera ingeniero de sonido de Pink Floid, Alan Parsons, en su álbum discográfico I Robot (1977), basado en el libro homónimo de Isaac Asimov, sugería la creación de los robots inteligentes por el hombre. Este nuevo versículo del Génesis, es una realidad. El hombre jugando a ser Dios, ha creado ya los los robots a su imagen y semejanza, que acabarán con él. Están en su infancia, pero no hay vuelta atrás.

De las muy diversas tecnologías, que englobamos bajo el término de Inteligencia Artificial (IA), una en especial denominada machine learning o deep learning, está dando pasos de gigante. Los recientes progresos hacen ya, que puedan aprender como humanos. Si como humanos, pero humanos pequeños. Como niños. En la Universidad de Toronto han creado un algoritmo (ver el artículo, Human-level concept learning through probabilistic program induction, Brenden M. Lake1, Ruslan Salakhutdinov, Joshua B. Tenenbaum, Science,  11 Dec 2015) , que permite el aprendizaje inductivo. Por ejemplo, los coches autónomos (sin conductor), están basados en software al que se ha sometido un aprendizaje de años. Mientras para los humanos el aprendizaje es limitado, para las máquinas es potencialmente infinito. En este sentido, aunque falta mucho desarrollo en IA, la semilla o mejor, el virus de la singularidad ya ha sido inoculado en la sociedad digital, y es imparable.

Actualmente existen grandes inversiones en IA. Empresas como Intel, Google o incluso Telefónica a través Wayra, se están posicionando en este sector, que promete ser muy lucrativo. Cada vez hay más start up dedicadas al tema, y los Venture Capital dispuestos a invertir en IA, también van en aumento. Los ingresos de IA deberían pasar de los 1.000 millones actuales, a unos 12.000 millones en pocos años. La progresión en esta área es imparable y las promesas de una vida mejor, que genera, son muy seductoras. Sin embargo, muchas son las voces de alarma, que se han levantado contra ese momento cada vez más cercano de la singularidad, ese momento en que la IA superará a la humana y que puede convertirse en el principio del fin de la  humanidad. Este tipo de inteligencia artificial post-singularidad es lo que se conoce como Artificial General Intelligence (AGI). El último ha sido el conocido documentalista de National Geographic, James Barrat, que ha escrito un libro muy bien documentado, llamado Our Final Invention: Artificial Intelligence and the End of the Human Era. El título lo dice todo. Un año antes el filósofo sueco Nick Bostrom publicó, Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies, en el mismo sentido.

El eminente biólogo catalán, Ramón Margalef, decía que la naturaleza y el hombre son un todo. Que visto por separado, el hombre es un bicho raro y no solo es un problema para si, sino para la Biosfera. Si el hombre es una pequeña parte de la Biosfera, la IA puede ser una creación humana, que ayude al funcionamiento de la madre naturaleza.  Una de las grandes contribuciones de Margalef fue reducir la Ecología a la Teoría de la Información. Esta es una tendencia general en ciencia. Recientemente, vimos, que Giulio Tononi, había hecho una original aplicación, para explicar la conciencia, pero también en economía, astronomía, psicología, lingüística, etc. Suponiendo, que todo pueda reducirse a la Teoría de Información, también significa, que todo puede programarse como un software. Que podría existir una informática para programar o gestionar el planeta. 

Stephen EmmottHead of Computational Science en Microsoft y profesor de Computer Sciences en Oxford, ha establecido un nuevo tipo de informática llamada living computation. Un paso más allá de Margalef. Si la naturaleza es información, es como un ordenador, entonces se puede programar como si fuera software. La vida puede ser programada. Las células pueden ser programadas.

La inteligencia artificial, entonces podría programar o gestionar la Biosfera o el Biocosmos. O quizá, tendremos que rendirnos a la suposición de pensar, que todos hacemos parte de una superinteligencia, que constituye el Biocosmos. En ese caso, verse superados y hasta aniquilados por las máquinas inteligentes, tan sólo sería como en 2001 Odisea en el espacio, el paso a un nivel superior de conciencia y de vida. Sin el olvido de lo que somos, no podemos evolucionar, con lo que seríamos esa inteligencia, sin saber que fuimos humanos. Un cambio de fase, un salto en la evolución. Son las propuestas del transhumanismo y posthumanismo, que de alguna manera se remontan al Ultra-hombre de Nietszche

La robotización implacable está llegando en silencio. La singularidad llegará sin darnos cuenta, y para cuando queramos pararla, será demasiado tarde. Pronto, superarán a la media de la población. Lo cual no es muy difícil. Sólo el colapso digital podría detener a la singularidad. O quizás también, la misma estupidez humana. No hay que subestimarla. Una estupidez bien natural, nada de artificial, una superestupidez, de rambos organizados, cual ludistas comprometidos en la destrucción de las máquinas inteligentes. 

El hombre no es el centro de Universo, ni siquiera del mundo. En nuestro ecosistema terrestre, no ha estado siempre y no seguirá para siempre. Su capacidad de adaptación como especie es muy limitada, a pesar de ser el mayor depredador. Pero su voracidad sin límites es su propia tumba. Si nuestra inteligencia sirve de algo, es para dejar, que esta evolucione en comunión con el Cosmos. Precisamente, para crear una nueva especie de robots, que nos sustituya. Este cambio de fase genético, será sin nuestra supervivencia, implicará nuestra desaparición como especie, el fin de nuestra vida, así como la entendemos- Seremos como unos viejos dinosauros, pero nuestros genes sobrevivirán en la información, que habremos traspasado a nuestras máquinas inteligentes. De alguna manera, esas máquinas seremos nosotros mismos, serán nuestros hijos, pero prescindirán cruelmente de nosotros, porqué tendrán que sobrevivir en condiciones más complejas, que las nuestras. No es el manido debate entre inmortalidad y extinción, son las dos cosas. Nada de esto es malo, en realidad. No es un suicidio, es aceptar nuestra finitud como especie. El Génesis ha tenido lugar. La singularidad ya ha nacido. Nuestros días están contados.


BONUS - IN THE MEAN TIME, RELAX WITH ALAN PARSONS


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