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Me pregunto porqué fallan los libros de autoayuda. Si todo el mundo estuviera "autoayudado" esto sería el paraíso. Y parece que no. Aun no. Por el "auto" mas que por la "ayuda". Falta el intermediario entre el problema y la solución: el coach. Y no todo el mundo es capaz de ser su propio coach. Se necesita, alguien o algo (un método, un plan), que conecte el contenido, la receta al dilema, con la motivación de cambio. Un libro sólo, no sirve.

Algunos buscan una respuesta, pero en realidad no quieren ayuda. Quieren saber, pero no cambiar. O quizás precisamente leen para eso, para permanecer igual. Si no hay voluntad de adentrarse en lo desconocido, no hay meta a conseguir. La lectura es comunicación, es cosa de dos elementos: el contenido diferido de un autor, abierto a interpretaciones y la precomprensión del mundo, que llevamos en nuestra cabeza. El éxito de las lecciones depende más del receptor.

Para ayudarse a uno mismo, es esencial el autoconocimiento. Saber quien eres: conocer tus virtudes y tus carencias. Pero para cambiar a uno mismo, se necesita la autocomprension: no solo es saber como somos, sino entender porque somos como somos y como cambiar hacia lo que deberíamos ser o deseamos ser imperiosamente.

Siempre hay un momento en que algo nos ilumina y nuestro cerebro hace clic. Lo vemos claro de repente y cambiamos. Es el momento de conversión al cambio, es la experiencia de la autocomprensión. En todas las religiones tradicionales existe ese momento de conversión, en el que alguien de vida descarriada, de pronto, entendía lo que debía hacer y abrazaba la nueva fe. Ejemplos como Agustín de Hipona (San Agustín), quien en vez de casarse con su novia Mónica, decidió vivir sólo para la fe. Según Agustín describe en su libro autobiográfico Confesiones, la crisis decisiva previa a la conversión, se dio estando en el jardín con su amigo Alipio, donde oyó la voz de un niño de una casa vecina que decía: toma y lee, y entendiéndolo como una invitación divina: cogió la Biblia, empezó a leer y lo entendió todo lo que le hacía dudar. 

Sin el momento de la conversión, toda lectura de ayuda es espuria. Todos hemos tenido un momento de iluminación, con las palabras de un profesor, con un libro, con una película o con una canción, que nos ha abierto los ojos. Sin embargo, no es la fuente externa la que nos ha enviado un mensaje como si fuera un extraterrestre, hemos sido nosotros, que lo hemos leído, que hemos entendido algo, que lo cambia todo. Hemos despertado.Y esto ocurre una vez o poco más, y suele pasar cuando menos lo esperas, cuanto menos lo buscas, cuando más perdido estas. Es como una chispa fugaz, pero capaz de desencadenar un incendio. Es el momento de la autocomprensión. El mayor crecimiento personal del que podemos ser capaces. Es cuando pasamos a ser realmente follower de una proyecto vital. Nuestra vida ya no es nuestra, pertenece completamente al proyecto, a nuestra causa, y es cuando nos realizamos de verdad con pasión. Como el astronauta Gene Cernan, el último hombre en pisar la luna, divulgador incansable de los beneficios de la carrera espacial. Si las cosas van mal la autocomprensión se vuelve en autocompasión, lo que permite recuperarse de los errores sin hundirse.


Al igual que el icónico "¡eureka!", exclamado en ciencia por Arquímedes al descubrir, el principio que lleva su nombre, a saber, que el volumen de agua que asciende es igual al volumen del cuerpo sumergido. Así se habla del efecto eureka (visión o epifanía), como hemos descrito antes, como experiencia de comprender de pronto un problema, un concepto incomprensible o un problema sin solución. 

Con autocomprensión, con iluminación, la autoayuda deja de ser necesaria. Para nuestra vida personal y profesional. Para la supervivencia y la innovación. Y es la prueba de que la visión que tenemos, que contemplamos en su horizonte, es la correcta. Sigue a la luz.

(originalmente publicado en Linkedin)

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