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Al despertarme resacoso de una noche de verbena, me encuentro sorprendido y afligido por el impredecible resultado del  la victoria de los partidarios del Brexit. La idea que mi mujer, -inglesa para mayor referencia-, pueda ser deportada a un Gulag en las costas de Cornwall, me produce estupor. Es difícil de creer que una mujer, que lleva más de 30 años en España, -y hasta donde yo se- pagando religiosamente los impuestos, no puede votar ni en España, ni ahora en el referéndum en el Reino Unido, y a esto lo llamamos democracia, aunque debería llamarse sufragio casi-universal.

Un personaje, bieneducado en Eton, la prestigiosa Universidad de Inglaterra donde van las élites del país, donde no pueden ir mujeres, -un amigo dice que pare que no baje la media-, como es el Cameron de la Isla más célebre de Europa, ha jugado a la ruleta con el futuro de los habitantes del Reino Unido. Y ha perdido, arrastrando consigo el futuro de su pequeño país.

La comunidad inglesa en España está trastornada. Y no es para menos. Algunos tardaron hasta dos años en conseguir la residencia. ¿Y ahora que? Además, estos días estamos oyendo una de las peores colecciones de sandeces sobre los ingleses jamás oídas. Que si son la peor nación de la historia, o cosas por el estilo. La verdad es, que ni se puede generalizar, ni se puede sesgar la historia. En España tampoco nos quedamos cortos con la nuestra...

Cameron y su equipo de dementes asesores, después de conseguir lo más complicado, que es negociar una relación con la Unión Europea, que contentaba a la City, pensaron que el resto sería pan comido. Después de años de alimentar el euroescepticismo, como fácil chivo expiatorio de los desastres nacionales, los tories más conservadores han conseguido forzar la realización de un referéndum. Ellos han urdido un auténtico golpe de estado discreto a la Bush. Farage y UKIP han hecho el trabajo sucio y Boris Johnson cogerá el relevo. La cabeza hueca de Cameron, ha realizado la falacia del jugador o falacia de Montecarlo, que es un falacia lógica por la que se cree erróneamente que los sucesos pasados afectan a los futuros, en lo relativo a actividades aleatorias, como en muchos juegos de azar.

Un gambler es una persona inteligente (o no), que en un momento dado, sustituye la racionalidad por la aleatoriedad, como método para ganar ante una alta expectativa de premio. Los motivos para aceptar la aleatoriedad y de no de aprovisionar la incertidumbre racionalmente, se debe siempre a muy diversos elementos: sentimentales, de carácter (nuts en inglés), etc.  Es como hacer un adelantamiento en un cambio de rasante. La prudencia indicaría esperar a tener visibilidad, la irracionalidad de "va a salir bien", es como tirar un dado: en el que cada número indica una consecuencia gradual, desde el no pasa a nada a me mato. En el caso del Brexit se traba de un coin flipping. El gobierno británico pensó, que saldría airoso por los pelos como en el referéndum de Escocia, que el éxito del pasado se reproduciría en el futuro haciendo las mismas cosas. Una apuesta sin empate posible, sin información completa para los jugadores, sin posibilidad de cubrirse, con una diferencia escasa en las encuestas, no es nada recomendable. Las casas de apuestas pagaban 4 a 1 el  leave. Sin duda la apuesta más suculenta. Ni que el gobierno hubiera apostado por ello. Sin embargo, las auténticas apuestas se han visto en la bolsa. Caídas generalizadas y la libra por los suelos, mientras algunos listillos en corto, como siempre, ganaban dinero con el desplome.


Cameron entiende ahora, que mejor le hubiera valido dimitir, antes que presentar un referéndum tan arriesgado, atendiendo de que el estaba por el remain. Al menos, debería haber puesto unas condiciones mínimas de participación y de mayoría reforzada, para aceptar un resultado válido. Cameron ya ha pasado a la historia, a esa parte negra de los que hunden los países. Quizás acabe los días en la cárcel con su cerdo o no viva para contarlo.

Felipe Gonzalez, nos engañó hábilmente con el referéndum sobre la salida de las bases de la OTAN. Nos engañó, pero para nuestro bien, podríamos decir. Si no estaríamos viviendo vestidos con chilabas. Ese clamor popular en contra de la OTAN, probablemente estaba equivocado. Y la promesa del PSOE era un error. Felipe por la información y la perspectiva, que tuvo una vez llegado al gobierno, lo entendía perfectamente. El famoso "de entrada no", que ayudó a ganar las elecciones se convirtió en un "sí, por el interés de España", y funcionó en 1986: un 52% a favor de la permanencia, contra tan sólo un 39% en contra. Felipe venció un anti-militarismo cultural, con una perspectiva de Estado, respondiendo a los intereses de la mayoría y a la seguridad nacional. 

El liderazgo de Felipe, nada tiene que ver con la pusilanimidad de Cameron. 

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