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Después de tantos años con este Blog abierto (NET GAIN), escrito con tanto esfuerzo y pasión, siento con mucha preocupación y no menor indignación, que está dominado por la estéril lectura automática de los lánguidos bots y las deleznables arañas, así como también, por diversos servicios de buscadores, o incluso por programas rutinarios de seguimiento de servicios discretos o secretos.

Las asépticas estadísticas no mienten. Cuando publico un post, sube inmediatamente la audiencia a picos máximos, que multiplica el tráfico medio ordinario por varios órdenes de magnitud. Y uno se pregunta, que como se han enterado los lectores, a no ser que tengan una alerta, cosa que dudo completamente. En cambio, al día siguiente, cuando los suscriptores son informados mediante el feed por email, me lee poquísima gente y pasamos a un bajo valle. Sorpresa. Cabe decir, que esto no sucedía antes.

Todo el mundo sabe que los blogs están bajando sus audiencias en picado, en virtud de los videoblogs o a la feroz competencia youtuber. La tribu de mis lectores físicos y analógicos, es realmente escasa. Esto no es un secreto. Probablemente, pocos pasan de las primeras líneas, gracias a la espesura de mis post. Pero tampoco son lo suficiente académicos, como para que profesores e investigadores los tengan en consideración. Por eso, asisto con estupor, al final decadente de la lectura humana. Sin embargo, tengo que abrazar este nuevo segmento dominante de lectores-robot, que me siguen, también desesperados por la variedad temática y la complejidad conceptual, mientras rastrean sus palabras-clave. Cada vez son más, de navegadores desconocidos, sistemas operativos inexistentes y compañías telefónicas sin nombre. De países remotos y extraños, en los que dudo, que haya nadie que sepa castellano. 

El incremento de mis lectores-robot ha sido espectacular en el último año y esto es algo que tengo que tomarme muy en serio. Debería intentar complacerlos. Y me pregunto ¿Cómo escribir para un robot? No sabría. Quizás lo más adecuado sería generar los post con una herramienta automática de inteligencia artificial, mientras yo me voy a pescar, y que los otros robots disfruten leyendo algo realizado por sus congéneres. Sería el círculo perfecto, de satisfacción artificial: -"qué escriban ellos". Pero claro, aquí el ser humano sobra y eso es preocupante. Ya estamos llegando a grados patéticos de superficialidad e incultura en la redacción en las redes sociales, que se lo estamos poniendo demasiado fácil a las máquinas, para que aprendan de nosotros y nos igualen o superen.

Pero también se me ocurre otra pregunta:  ¿Cómo no escribir para un robot? No como hacer el anti-SEO, que es fácil, simplemente copiando textos, sino como encontrar el grado negativo de la escritura, ese grado bajo el cero de Roland Barthes. Frente a la escritura amodal bartresiana, que se oponía a la escritura modal, literaria, practicar una escritura negativa, que más allá del estilo neutro, periodístico, o del narrativo, sea un estilo, que escape a una cosa y a la otra, que deconstruya la escritura en su significado más originario. No la escritura de la negación, sino la negación de la escritura. Una escritura, que esté donde no se la busca, que cuando se la lee no se la entienda, pero en la inter-relación de los textos adquiera todo el significado. Una escritura, que se escriba a sí misma, mientras se describe como no piensa. Una forma de escribir, que desarrolla un concepto, que se piensa, sin pensar como no puede ser pensado sin pensarse, y que se escribe sin escribirse. Un escribir el pensamiento de la escritura, que se describe inscribiéndose en su descripción impensable. Una escritura infinita, que negativice, la referencia inscrita en la descripción temporal de la reescritura reinscrita en su momento del pensamiento, que ha dejado de pensarse a sí mismo para siempre. Una escritura, en definitiva, no apta para robots, pero quizá tampoco para humanos, al menos no para todos. Una escritura con un sentido incomprensible, con toda la lógica del significado, pero negativa, insignificante, significando nada. Presentando, ese vacío inconmensurable de la presencia humana, de la huella desdibujada, temporal, que escapa a la misma aprehensión de la realidad. Esa manera de referirnos a la ausencia necesaria, pero que difiere nuestro sentido más allá de donde podemos reconocerlo. Los robots no pueden entender la muerte. Los robots siempre viven. Viven eternamente. Sólo pueden estropearse, pero no funcionar no es morir, es como estar criogenizado. Los robots no mueren

La escritura es la otra cara de la muerte. Al escribir, el escritor deja de existir y el texto se independiza y de alguna manera, lo mata. Para escribir hay que morir. Y eso no puede hacerlo un robot. Definitivamente, los robots no pueden entender la escritura. No pueden escribir de verdad. No se debaten en el mundo metafísico de la presencia, de inscribir la huella en el ámbito de los testimonios humanos. Sólo pueden inscribir, combinar, reproducir, desarrollar. Y si, pueden engañarnos como a Turing, pero no pueden crear un cambio radical de código semántico, un Finnegans Wake, porqué es demasiado aleatorio. La lucha contra la muerte y la huella del deseo, no tienen lugar en la algorítmica, ni en la inteligencia artificial. La muerte nos diferencia. No somos clones. La escritura llevada a su grado negativo, sólo puede ser humana. La única manera de oponerse a la superinteligencia artificial es la escritura negativa, ese pensamiento negativo capaz de generar nuevas gramáticas constantemente. Se trata de construir nuevos esquemas conceptuales humanos, innovando el sentido de la vida a cada instante, para que puedan escapar a la lógica de la artificialidad inmortal. Ésta quizás sea la única manera de si no ganar, al menos, resistirse a perder esta partida de ajedrez sin reglas. Y eso es lo que hemos intentado.


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