Hemos escrito sobre la felicidad. Pero no
hemos hecho a más gente feliz, ni más feliz a la gente, porqué a la
gente no le interesa la felicidad. Por mucho que diga.
No es tan difícil en realidad serlo,
aunque requiere renunciar algunas cosas, que somos. No podemos enfocarnos en la
riqueza, ni en el éxito, ni el placer, ni en el poder. Si podemos renunciar a
eso, es rematadamente simple, se trata sólo cuidar a los demás, a los que
queremos, a los desvalidos, a los que necesitan ayuda. Y ellos nos pagarán con
creces nuestra dedicación, haciéndonos felices. Quizás precisamente por eso, a
veces, la felicidad no es suficiente. Por desgracia. El sentido es más
importante que la felicidad. El sentido de la vida. La propia
narración de lo que queremos ser. Nuestro personaje en el libro de los años
vividos y que nos quedan por vivir, es más importante, que la misma felicidad.
La gente se mata y se autodestruye por conseguir sueños imposibles y se
convierte sin quererlo, en alguno de los malditos personajes de Fiódor Dostoyevski.
¿Por qué? El ser humano no existe sin un sentido. No se mata por ser feliz, pero si para dar sentido a la vida. Tristemente. Nos movemos
en una selva de significados, que nos empujan a cambiar, no podemos dejar de
sentir el sentido de todo lo que nos rodea. Aunque sea de manera inconsciente.
Somos presos de la jaula de significados, de los cuentos que nos explicamos a
nuestro niño interior, pero al tiempo, somos también héroes, que creamos
nuestra vida y nuestro mundo.
Viktor Frankl nos explicó como hasta en el más triste de los lugares
posibles, en un campo de concentración, la gente encontraba sentido a sus
vidas. Con razón Ernst Cassirer decía que el
hombre es un animal simbólico. El ser humano vive en una jaula lingüística,
en lo que Umberto Eco llamaba semiosis ilimitada (semiosis
de sema, unidad mínima de significado). El proceso de producción lingüística es
ilimitado. La misma historia, repetida en dos momentos diferentes, ya no es la
misma. Y no es la misma, porqué el significado se produce entre los dos
extremos de la comunicación, la competencia lingüística del sujeto y el
mensaje, Un remake de una película es ya una película distinta
y no sólo porque todo sea distinto, los actores, el montaje, parte del guión,
sino porqué el público es diferente, no sólo el nuevo, sino el mismo que vio la
original.
Los historiadores diferencian entre res
gestae (lo hechos pasados) y historia rerum gestarum (narración
sobre los hechos pasados). Una cosa son los hechos y otra bien diferente, las
explicaciones de los hechos. Sin embargo, es una distinción abstracta,
conceptual. No podemos nunca acceder a unos hechos neutros. Existen diversas
narraciones para los mismos hechos. Julius Greimas hablaba de isotopía. Vladimir
Propp aplicó el concepto para estudiar los cuentos rusos, demostrando
que existen diversos recorridos de lectura para un mismo texto. Lo que nos lleva a afirmar
categóricamente, que no hay mayor cretinez, que decir que los hechos son
incontrovertibles. El problema es que siempre son interpretables, porqué no hay
un acceso puro, siempre están mediados por nuestro lenguaje, e ignorar esto, es
cometer el error tradicional de la metafísica occidental, el presentismo,
consistente en pensar, que tenemos una vía directa a la realidad presente. Lo
que es tanto como decir, que somos Dios y que tenemos acceso a lo que Immanuel Kant llamaba noumeno,
la cosa en sí, sin limitaciones de perspectivas. Incluso la ciencia, como
lenguaje artificial, no deja de tener las limitaciones de todo lenguaje, de
temporalidad de sus significados y perspectiva del observador o perspectiva antrópica.
Durante siglos, la humanidad olvidó al
lenguaje, como si no existiera, pero durante el siglo XX entendimos, que el
lenguaje no es un vehículo, es el destino, pues no hay otra cosa. La filosofía
reciente se ha esforzado por desarrollar nuestra autocomprensión lingüistica, a
pesar de que en la vida cotidiana, casi todo el mundo vive dentro del engaño de
la metafísica de la presencia.
Toda narración supone un texto, en el
sentido más amplio. Un discurso como conjunto de enunciados definitorios,
aunque no estén escritos en un sitio determinado, simplemente los utilizamos,
los suponemos y nos guían. El lenguaje es un juego. Estamos creando
constantemente como los niños. Así Ludwig Wittgenstein en
su segunda etapa, hablaba de juegos de lenguaje, para indicar, que
acción y significado son indisociables. John Langshaw Austin lo
llamaba actos performativos, "como hacer cosas con
palabras". El debate de los que priman la acción sobre la teoría o
viceversa, es falso. Todo ocurre en y por el lenguaje.
Las narraciones históricas buscan un
origen puro al que remontarse. Es lo que se llama una genealogía.
Quien gana una guerra, explica el pasado de manera diferente de los
perdedores. Los discursos sociales y los personales, también lo hacen. Se
interpretan ciertos episodios míticos donde apoyar una narrativa. En la
narración no hay verdad. Todo es verdad y todo es mentira. Lo que existe es
una correspondencia entre la voluntad de poder y los hechos. Diversas
narraciones compiten por los mismos hechos, por apropiarse de unos cuantos
hechos determinados. En definitiva, los grupos humanos intentan
establecer unos discursos por encima de otros, como verdaderos. Pero la verdad
no está en el discurso, está en el poder de imponerse por parte del grupo que
la utiliza. La verdad es una correspondencia entre discurso y poder.
A nivel social, también se habla de ideologías o metarelatos, que
son discursos de discursos, que estructuran los mapas mentales de la gente.
La autonarración es más importante que la
felicidad. Justificamos con mayor o peor
sinceridad, nuestros actos y decisiones. Somos héroes o villanos, en función de
si nos queremos mucho o poco. Pero lo saludable es desprenderse de uno mismo,
como aconsejaba Michel Foucault. No creernos demasiado a nosotros
mismos, no tomarnos demasiado en serio y reconocer, que somos ingenuamente
tramposos con el sentido de nuestra vida. Desprendernos de nuestra ambición, de
nuestra envidia, de nuestra codicia, de nuestra avaricia, de nuestro odio, es
lo más profiláctico. Por eso, promocionamos el método de la deconstrucción desarrollado
por Jacques Derrida, que no es otra cosa, que una nueva manera de
interpretar discursos. Los discursos deben desmontarse. Hay que someterlos siempre a
unos test de stress, para ver si son resistentes, si son coherentes
con nosotros, si nos ayudan. Y recomponer las piezas en un nuevo discurso
fresco y sino verdadero, al menos, original y auténtico. Sincero. Reconstruir un
discurso, que no sólo nos de sentido, sino que de sentido a los demás. A los
que queremos, a los que se lo merecen, a los que luchan por ser mejores. Un
discurso inclusivo y positivo. Mantener el espíritu crítico y la duda metódica, que es la
propiedad fundamental del lenguaje. Umberto Eco decía que el lenguaje
sirve para mentir. Que es lo mismo que decir, que lo metafórico es
consustancial. La coherencia no es la verdad. Y si el lenguaje sirve para mentir, sirve
para desmentir también. Sin la posibilidad de decir lo falso, de cumplir la paradoja
del mentiroso, no hay significado posible. Sin la posibilidad de construir metalenguajes, no hay nada, sólo existe la tautología, que es la
base de los lenguajes formales: A es igual a A. Como decía Martin
Heidegger, "A es A, no sólo dice que todo A es él mismo lo
mismo, sino, más bien, que cada A mismo es consigo mismo lo mismo".
Cuando el principio de identidad no se cumple, tenemos el sentido. El
significado lo construye la diferencia. El significado es una estructura
arbitraria de diferencias. El lenguaje no puede detenerse, ni congelarse. Es
dinámico, es un flujo vital. Sirve para crear grandes fábulas mentirosas,
pero también textos iluminadores. La duda existencial es pues consustancial al
ser humano simbólico, está propiciada por las mismas características esenciales
del lenguaje. Debemos pasar del conflicto de discursos ciegos por su verdad,
como las religiones, a discursos cooperativos responsables, donde la alteridad es reconocida.
Esta es la simple lección, que nos enseña
el lenguaje a través de la deconstrucción. El sentido de la vida es una mentira. El secreto está en jugar. No hay sentido que valga. Buscar el sentido es un sinsentido. No nos conviene olvidar, que existe el lenguaje, pero tampoco es bueno crear un museo o un mausoleo
con sus palabras. No hay que tomárselo muy en serio. Sobre todo, el lenguaje
sirve para jugar y para reír. Nosotros creamos la realidad a través de él. No
somos héroes, ni villanos, simplemente somos escritores, narradores. Todos y
cada uno de nosotros. No sabemos hacer otra cosa que jugar. No hay diferencia
entre juego y acción. Entonces ¿por qué no escribir la mejor historia posible? ¿aquella que nada signifique?
Te conviene dejar de buscar el sentido de
la vida, porqué el sentido del sentido es dejar de buscar el sentido. Y ser
feliz.
Lecturas recomendadas
Mi post: La fórmula infalible de la felicidad
AUSTIN, J.L., Cómo hacer cosas con palabras
CASSIRER, E., Filosofía de las formas
simbólicas
DERRIDA, J., Márgenes de la filosofía
DOSTOYEVSKI, F., Memorias del subsuelo
ECO, U., Tratado de semiótica general
FOUCAULT, M., El orden del discurso
FRANKL, V., El hombre en busca de sentido
GREIMAS, J., Semántica estructural:
investigación metodológica
HEIDEGGER, M., Identidad y diferencia
KANT, E., Crítica de la razón pura
WITGENSTEIN, L., Investigaciones filosóficas

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