La innovación es la
adaptación al futuro.
Es la adaptación a lo desconocido, a la
indeterminación radical. Lo aprendido sirve sólo como caja de herramientas.
Usar los conocimientos pasados para diseñar el siguiente paso, predecible y
planificable, sólo garantiza evitar al futuro y quedarse anclado al pasado. Hay
que desaprender.
La innovación sólo puede surgir de un momento
emocional, del sueño, de la locura, del empeño de ciertas personas, antes de
racionalizarse en oportunidades de negocio.
Sólo podemos adelantar
el futuro jugando.
En un proceso similar a la evolución genética, cierto
grado de azar es irreductible en la innovación. La evolución no obedece a un
plan de ingeniería racionalmente prediseñado, en el que cada detalle ha sido
calculado para cumplir funciones específicas, sino que, más bien, trabaja
tratando de acertar con lo que tiene a mano, para generar un nuevo artefacto
funcional.
La llamada Paradoja de Levinthal
(1968), se basa en el hecho que, en el caso del plegamiento proteico, para una
proteína de 100 aminoácidos se estima que existen 3198 plegamientos posibles.
Si cada uno se ensayara a tasas de picosegundos, se necesitaría un tiempo
superior a la edad del Universo, para encontrar la conformación o estructura
nativa existente. En realidad, en el medio citoplasmático el plegamiento ocurre
en lapsos de mili y microsegundos, lo que significa que las exploraciones de la
estructura nativa son sesgadas, en la medida que están guiadas por
interacciones locales, a partir de las cuales, por estabilidad térmica, se
seleccionan, fijan y estabilizan las configuraciones, que según el contexto son
utilizadas para la ejecución de tareas.
De la misma manera, ante un número casi-infinito de
posibilidades de combinar elementos para crear un nuevo producto, existe una
combinatoria de pruebas rápidas, de experimentos de innovación, de prototipos,
que permite descartar rápidamente lo que es absurdo o no funciona, y escoger lo
que permite una auténtica evolución.
El azar evolutivo es consecuencia de elecciones
individuales y de interacciones colectivas, ejecutadas con información
incompleta sobre su entorno, la cual hace que sea imposible garantizar una
certeza absoluta en el resultado. Innovar es siempre escoger y escoger es
arriesgar, aunque el proceso de innovación tiende instintivamente a la minimización
del riesgo. Porqué está hecho por humanos. Pero por muy orgullosos que
estemos de nuestros logros, por muy dueños que nos creamos de lo que hacemos,
siempre hay un porcentaje de azar, que no controlamos y que nos convierte en
participantes de un proceso evolutivo que nos sobrepasa. La evolución no sólo
es una metáfora explicativa del proceso de la innovación, sino que la
innovación es parte de la evolución de la especie. La innovación es darwinista.
La innovación
darwinista es el producto de equipos que juegan.
Personas expertas, guiadas por la intuición y la
pasión, consiguen co-crear artefactos nuevos, que nos permiten adaptarnos al
futuro. Lo hacen al igual que los niños aprenden a aprender, jugando, creando
sus propias opciones de futuro. Con la innovación creamos el futuro donde
queremos vivir. Son propuestas de futuro, que se convierten en presente, cuando
las adoptamos como producto.
La innovación es la
creación del futuro.

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