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La vida cotidiana nos revela héroes desconocidos en los momentos más inesperados. Al mismo tiempo, que nos descubre a los falsos héroes. 


La comprensión nos ayuda en la adversidad, cuando no encontramos el sentido a nuestra vida, cuando la felicidad no es suficiente y nos crea insatisfacción. Entonces, a veces, otro mecanismo vital se pone en funcionamiento: la trascendencia. El propósito existencial diferido a la posteridad. La expectativa de una realización vital póstuma, que compense la insuficiencia del presente. o que de aliento a una ambición desmesurada para lo que nada es bastante, ni el propio presente. Un deseo infinito imposible de satisfacer, un ego tan inseguro y tan enorme, que no tiene bastante con el reconocimiento presente.

El deseo y el sentido de trascendencia es muy humano. No es otra cosa que la voluntad de trascender a la muerte, a nuestro miedo ascentral. Y muchas cosas que hacemos, como tener hijos, entre otros motivos, van en este sentido. Sin sexo, sin reproducción, no habría muerte, seríamos eternos, o al menos, los primeros ejemplares humanos lo hubiesen sido. Pero en realidad, el animal es la especie, no el individuo. La reproducción permite la perpetuación. Así es la vida. Se replica, se desarrolla y evoluciona.

La genética empuja de manera inteligente a los individuos a realizar elecciones irracionales, como sacrificios vitales, tal que las heroicidades, que acaban con uno mismo, pero beneficiaran a la especie, a su supervivencia. Una combinación de innatismo genético y adaptación cultural epigenética, en definitiva, una mezcla de egoísmo y altruismo, hace que escojamos propósitos trascendentes.

Diferir el sentido de la vida a la muerte, a las expectativas de reconocimiento póstumas, es muchas veces, la mejor huella que pensamos que podemos dejar. Las grandes obras implican un gran sacrificio, y a veces, hipotecan a varias generaciones. Artistas y científicos incomprendidos siguiendo su sueño, han encontrado la gloria sólo después de su fallecimiento. Pero realmente es justa la fama póstuma, como saber que vas a caer en el más absoluto olvido, o como siendo un completo desconocido un día puedes ser famoso. Nadie sabe. En realidad, la trascendencia se juega sólo en el presente, es tan sólo un deseo. Pero muchos no pueden reconocerlo.

Incluso muchas personas de éxito, un día deben retirarse y mirarse a la cara para saber quiénes son realmente, y si ese éxito es el que realmente da sentido a sus vidas, o simplemente las ha hecho más fáciles y les ha distraído unos cuantos años. Ante el lecho de muerte, reluce la verdad sin contemplaciones. El juicio final de si valió la pena, de si perseguimos todos nuestros sueños  a conciencia, y de si quisimos de verdad a todas las personas que quisimos o debíamos querer, con toda la pasión necesaria, o nos hemos conformado con cualquier sucedáneo. Nos preguntaremos, si nos hemos arriesgado suficiente, en esa ventana de tiempo, que atravesamos con el cuerpo, que nos han prestado, para ser lo que quisimos ser.

Nos han enseñado que la trascendencia es trascendental. No es un juego de palabras. No hay trascendencia sin trascendentalidad. Una larga tradición occidental ha cargado nuestro imaginario colectivo de deseos de trascendencia. La trascendencia como capacidad de diferir la realidad presente es la condición de posibilidad de la realidad misma. A nivel humano, la temporalidad, que nos impone nuestra finitud, se debate constantemente en el deseo de superarla mediante la trascendencia. Según la estética trascendental de la Crítica de la Razón Pura de Kant, que fundamenta parte de nuestro pensamiento occidental, es trascendental porque es a priori, porqué es algo, que nos impone la clausura en la realidad. El tiempo y el espacio humanos, son categorías previas a la conciencia, que nos permiten interpretar la realidad y manejarnos con ella. Por eso, la vida vivida en toda su intensidad y positividad es más como un viaje espacial, que temporal. La satisfacción anula el tiempo, y todo se convierte en un mapa vital, en una cartografía de la conciencia.

Sin embargo, lo bueno, lo sano, es mantenerse en la inmanencia. La inmanencia es lo contrario de la trascendencia. Sin trascendencia no hay Dios que valga, y no hay posibilidad, que una minoría se erija en monopolio de la verdad, ni pretenda tener el derecho natural de aniquilar a toda lo diferente, a la diferencia. La trascendencia es lo feudal, lo heredado, como las monarquías, los imperios, las dictaduras, las religiones, los nazismos, etc. La trascendencia es perpetuar la identidad consigo mismo por encima de la diferencia y del cambio cultural inevitable en toda interacción humana.

La inmanencia es vivir con la conciencia de que somos parte de un ecosistema natural. La inmanencia es la naturaleza. Y ella, no necesita ningún Dios, ni ninguna especie más que otra. Más que otra cosa, la naturaleza o por extensión, el Universo, es Dios, como decía Spinoza, Deus sive Natura. Resistirse a los impulsos de trascendencia es algo bueno. La inmanencia no es trascendental, no es a priori, la tenemos que aceptar y construir, es la aceptación de la finitud humana y la aceptación de esta responsabilidad y de esta libertad. La inmanencia no es fácil de practicar, y a veces, sin quererlo, te convierte en alguien trascendente, como pasa con la trascendencia auténtica, la sobrevenida. La inmanencia nos hace intrascendentes, humanos iguales entre nosotros. Nadie es más que nadie. Y ser iguales, es la única estrategia social para la convivencia. Quizás no nos convierta en los gigantes que creemos ser, pero nos permite ser felices.

Si no estás conectado con la familia, con la sociedad, con la humanidad, estas enfermo. Lo demostró el profesor Alexander con sus famosos experimentos con el "parque de las ratas", donde las ratas socializadas no bebían agua con droga, mientras las otras sí. Las personas no son "adictas" a cierta química, sino que tienen "apego" a ciertas prácticas, ante el vacío de la incomunicación, de la desconexión. Lo opuesto a la adicción no es la sobriedad, es la conexión humana. La adicción es una adaptación a la soledad, a la pérdida.

Las ideologías son una droga intelectual. El terrorismo es una de las peores, pero también son dañinas las sectas, el uso político de las religiones y los discursos sociales extremistas. Y son discursos trascendentes impulsados por nuestra cultura milenaria. 

En Occidente tenemos un problema, según el deconstruccionismo de Derrida, que nos precipita a la trascendencia y se llama la metafísica de la presencia. Creemos saber, que la realidad es una presencia estable y presente, algo que tiene unos fundamentos muy sólidos, y ello nos impulsa a la trascendencia, porqué pensamos, que tenemos el poder de controlar la realidad. Pensamos que podemos proyectar el presente al futuro. Pero no es así, como Kant nos ha querido hacer pensar. No hay una presencia presente, más bien una ausencia ausente. Si no podemos poseer el presente, no podemos trascenderloVivimos en una inmanencia lingüística. La realidad es una construcción lingüística con una referencia diferida, que nunca está presente. Al igual, como un signo es una señal, que está en lugar de un objeto, que nunca puede presentarse. El humo es el signo del fuego, cuando el fuego no es visible. Con lo que no poseemos al fuego, tan solo algo que ocupa el lugar del fuego, el humo, que representa la ausencia del fuego. No podemos trascender lo que no es trascendental. La realidad siempre está en otro sitio. 

Comprender el sentido de la felicidad sólo es posible en la inmanencia.



Ver entregas anteriores de la serie El Mapa de la Vida:

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