El problema
no son los egos, en realidad no. Se habla mucho de la lucha de egos, de los
creídos, de los engreídos, y si, ese también es el problema, pero no es el
problema fundamental de las organizaciones y de las relaciones profesionales.
El problema real es el ego, que uno quiere ser, sobre todo, si ese que quieres
ser, no lo eres ni por asomo, pero quieres creer que lo eres. Ni siquiera
puedes sospechar, que vives en una perspectiva equivocada. Que el mundo rueda
al revés de como lo hace. Ese es el auténtico problema de las organizaciones.
La gente lucha contra egos, que no existen, pero que tienen mucho poder. La
dinámica cotidiana se convierte en una maldita obra de teatro de fantasmas.
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| Napoleón Bonaparte |
Muchos se
creen su propia autonarración, su manera de contarse las cosas o engañarse,
alimentada por ejércitos de súbditos sumisos y followers de oficina.
Otros sólo se la creen en público, pero reconocen en privado sus más
descarnadas limitaciones. No estamos hablando de wannabies,
hablamos de
personajes, que no saben quienes son y creen ser extraordinariamente buenos.
Son incapaces de ver, y menos de reconocer, sus carencias y la falsedad de su
historia. Matarían por no escuchar la verdad, su verdad, una auténtica mentira.
Aborrecen la verdad porqué incomoda su orgullo construido a base del abuso
de poder. Acusaran a los críticos de su ego intocable, de falsedad. Es un
patrón que se repite en la historia, en la política, en la empresa.
Su relato es
una mentira. Son incapaces de una mínima introspección, de hablar con su ego a
solas, con sinceridad, para reconocer con honestidad quienes son realmente. La
construcción del automito pasa por robar los conocimientos, las decisiones y
los logros de los que no tienen poder. De los héroes desconocidos, convertidos
en victimas propiciatorias. Estos superindividuos absorben el valor de la
gente, que atrapan en sus redes, para su exclusiva autovalorizacion, en un puro
juego de suma cero: o yo o el mundo. Sin empatía por el prójimo, sin compasión,
sin bondad. El egocentrismo y el egoísmo, que practican instintivamente, se
basan en el secuestro del yo interior por un Superyó, creado por la rabia
intolerable de la propia incapacidad, de la más triste inferioridad. Incapaces
de desmontar su ego, para tomar ventaja de sus intimas capacidades y acercarse
a la felicidad, siguen alimentando su novela de la vida, con las mentiras
conseguidas engullendo a otros egos, desarrollando un sentido de la vida,
mediante una desesperada huida hacia adelante. Y si paran, se mueren. Siempre
tienen que ir a más y más.
La
diferencia entre el ego que eres y el que pretendes ser y no eres, ese gap, es el que realmente hace daño a
las organizaciones y hace sufrir a las personas. Pero en ocasiones, la
narración del falso Superego conduce inexplicablemente al éxito. Como dice Tom Peters en una reciente entrevista, "any idiot with a high IQ can invent a great strategy", sin embargo, "the technology is maximize in his use by low IQ people". La alta
inteligencia cognitiva sobrevive mal en el el mundo de los falsos egos, en
cambio, los individuos con una enorme capacidad de riesgo y una baja
inteligencia cognitiva, suelen ser los empresarios de éxito. Al menos, en el
mundo analógico. Algo estamos haciendo mal. La alta inteligencia es
miedosa y por tanto, incapaz de afrontar los retos, que puede entender.
En las start up tecnológicas suele haber más cooperación y autenticidad y respeto por el
talento tradicional, y al final, mejores resultados, que en las empresas
tradicionales. Quizás estamos cambiando a una nueva época, la del
egocooperativismo de la inteligencia colectiva. Eso es lo que necesita la
transformación digital, un cambio de la cultura de empresa radical, una
evolución compleja de los valores esenciales.
La transformación digital, no es
tecnología, son personas, redes de personas con talento, trabajando no sólo por
el éxito, sino por un mundo mejor.

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